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2 de septiembre de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • septiembre 2, 2026

La víspera

Emiliano Calvert

Primero lo importante: estoy bien.

Ayer por la noche tuve un accidente automovilístico fuerte. Afortunadamente puedo escribir estas líneas, puedo contar lo que pasó y, salvo el susto, las consecuencias materiales y todo lo que viene después de un accidente, estoy bien.

Pero desde ayer traigo una idea dando vueltas en la cabeza.

La fragilidad.

Hoy, primero de septiembre, empieza uno de los proyectos que más he esperado en mi vida profesional.

Probablemente el más desafiante hasta ahora.

Llevo más de un año pensándolo.

Planeándolo.

Haciendo números.

Organizando gente.

Teniendo reuniones.

Corrigiendo cosas.

Volviendo a hacer números.

Preocupándome por detalles que nadie más va a notar.

Imaginando cómo sería el día en que finalmente pudiéramos decir:

“Ya empezamos”.

Durante meses, el primero de septiembre estuvo marcado en mi cabeza como una fecha enorme.

Y resulta que la noche anterior venía manejando y, entre una cosa y otra, tuve un accidente.

Así.

En segundos.

Y creo que pocas cosas acomodan tan rápido las prioridades.

Durante meses mi cabeza estuvo ocupada pensando en ventas, presupuestos, estrategias, pendientes, fechas, contratos, objetivos y escenarios.

Y en cuestión de segundos ninguno de esos temas importaba.

Importaba estar bien.

Importaba poder bajarme del carro.

Importaba saber que las demás personas estuvieran bien.

Importaba llamar a mi familia.

Que loco.

Nos pasamos una buena parte de la vida tratando de controlar absolutamente todo.

Hacemos calendarios.

Presupuestos.

Planes de cinco años.

Metas anuales.

Indicadores.

Agendas.

Planes B.

Y, los más neuróticos, hasta planes C.

Como si la vida hubiera firmado algún contrato comprometiéndose a respetar nuestra planeación.

Pero no.

La vida no leyó el Excel.

Y creo que eso es precisamente lo que más me ha hecho pensar desde ayer.

No desde el miedo.

Desde el agradecimiento.

Porque hoy desperté y el proyecto que tanto había esperado seguía ahí.

Los pendientes seguían ahí.

Los mensajes seguían llegando.

La agenda seguía llena.

Pero yo los estaba viendo muy diferente.

Probablemente mañana vuelva a preocuparme porque algo no salió a tiempo.

Seguramente en unos días estaré otra vez discutiendo algún presupuesto, persiguiendo alguna venta o pensando que “X” problema es gigantesco.

Así somos.

Se nos olvida rápido.

Pero quiero intentar que no se me olvide esto.

Que casi todo lo que hoy nos quita el sueño es mucho menos importante de lo que creemos.

Eso no significa dejar de ser ambiciosos.

Al contrario.

Yo quiero que este proyecto sea extraordinario.

Quiero trabajar muchísimo.

Quiero equivocarme, aprender, vender, crecer y hacer que las cosas sucedan.

Después de más de un año preparándolo, tengo más ganas que nunca.

Pero creo que  la diferencia esté en entender que los proyectos son parte de nuestra vida, no nuestra vida completa.

A veces confundo las dos cosas.

Pensamos que somos nuestro puesto.

Nuestra empresa.

Nuestra cuenta.

Nuestros resultados.

Nuestro próximo proyecto.

Y construimos nuestra personalidad alrededor de cosas que, aunque importantes, pueden cambiar de un segundo a otro.

Ayer entendí un poquito más esa frase que tantas veces escuchamos y pocas veces dimensionamos:

estamos de paso.

No lo digo en tono trágico.

Lo digo exactamente al revés.

Qué suerte estar aquí.

Qué suerte poder preocuparnos.

Qué suerte tener proyectos que nos emocionen.

Qué suerte tener personas a quienes llamar después de un susto.

Qué suerte tener un lunes complicado, una junta aburrida, una cuenta por pagar, un cliente difícil o un problema en la oficina.

Porque para tener cualquiera de esos problemas primero tenemos que estar aquí.

Tal vez por eso hoy este proyecto empieza diferente para mí.

Durante mucho tiempo pensé que el gran hito del primero de septiembre sería verlo arrancar.

Hoy creo que el verdadero hito fue simplemente poder estar presente para verlo arrancar.

Y no quiero romantizar un accidente.

Ojalá no hubiera sucedido.

Ojalá pudiera regresar el tiempo y evitarlo.

Pero ya que pasó, por lo menos quiero llevarme algo.

Quiero acordarme un poco más seguido de llamar a las personas que quiero.

De agradecer.

De disfrutar los procesos.

De no convertir cada problema profesional en una tragedia nacional.

De entender que perder un negocio duele, que un proyecto puede salir mal, que una empresa puede atravesar momentos complicados y que nuestros planes pueden cambiar.

Pero mientras tengamos la posibilidad de volver a intentarlo, seguimos teniendo muchísimo.

Ayer, durante algunos segundos, el primero de septiembre dejó de ser importante.

Hoy vuelve a serlo.

Pero por razones completamente distintas.

El proyecto empieza.

Yo estoy bien.

Mi familia está bien.

La vida sigue.

Y  eso, que normalmente damos por hecho, sea realmente el proyecto más importante de todos.