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16 de julio de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • julio 16, 2026

La regañiza de Navidad

EMILIANO CALVERT

Hay cenas navideñas donde te dan un pavo, una taza con el logo o un discurso sobre lo orgullosa que está la empresa de su gran equipo.

En el Vaticano les dieron un diagnóstico clínico.

Tres días antes de Navidad, el papa Francisco reunió a los hombres más poderosos de la Iglesia para informarles que estaban enfermos.

No de gripa.

De poder.

El 22 de diciembre de 2014, los cardenales y funcionarios de la Curia Romana llegaron esperando lo de siempre: un saludo navideño, algunas palabras de agradecimiento, la bendición y cada quien a terminar de envolver regalos.

Francisco traía otros planes.

En lugar de felicitarlos, les presentó una lista de quince enfermedades que, según él, estaban debilitando a la dirigencia de la Iglesia: arrogancia, rivalidad, chisme, doble vida, exceso de trabajo, obsesión por controlar y esa peligrosa costumbre de sentirse indispensable.

Una fila de hombres vestidos de morado escuchando cómo el jefe les explicaba, tres días antes de Nochebuena, que algunos padecían narcisismo, otros hipocresía y varios necesitaban urgentemente una dosis de humildad.

Feliz Navidad.

La historia pudo quedarse como una curiosidad vaticana hasta que Gary Hamel, profesor de la London Business School, encontró el discurso.

Hamel entendió que aquello no era solamente un regaño.

Era una auditoría.

En abril de 2015 publicó una adaptación en Harvard Business Review y tradujo las enfermedades de la Curia al idioma de las empresas. Incluso reconoció que no sabía si estaba permitido parafrasear pronunciamientos papales, pero que, como no era católico, estaba dispuesto a correr el riesgo.

El artículo me llegó hace unos días.

Lo empecé como se leen muchas lecturas de clase: con la resignación de quien sospecha que aquello terminará convertido en una pregunta de examen.

Lo terminé subrayando por todos lados.

La primera enfermedad es creerse inmortal, inmune o indispensable.

Es ese personaje convencido que, si falta un día, la empresa se derrumba, el equipo entra en pánico y la economía nacional pierde medio punto porcentual.

Francisco propone un remedio poco sofisticado, pero bastante efectivo: visitar un cementerio.

Ahí descansan miles de personas que también estaban convencidas de ser insustituibles.

La vida tiene una forma bastante eficiente de cubrir vacantes.

Otra enfermedad es querer planearlo absolutamente todo: cada reunión, cada resultado, cada movimiento y, de ser posible, hasta el clima del próximo trimestre.

El problema comienza cuando la planeación deja de ser una herramienta para avanzar y se convierte en una manera de no perder el control.

Hay líderes que llenan calendarios, presentaciones y tableros de seguimiento, pero se ponen nerviosos cuando la realidad tiene la grosería de no respetar el Excel.

También está la mala coordinación.

Equipos llenos de personas talentosas que terminan funcionando como una orquesta donde todos quieren ser solistas, cada quien toca su propia canción y nadie escucha al de al lado.

Mucho talento.

Mucho instrumento.

Puro ruido.

Francisco también habló de la “esquizofrenia existencial”: la doble vida de quien dice una cosa y hace otra.

El directivo que habla del cliente, pero lleva meses sin ver a uno.

El que presume conocer a su gente, aunque no sabe el nombre de quien le abre la puerta todas las mañanas.

En PowerPoint todo funciona.

En la realidad, Dios dirá.

Con el chisme, el Papa fue todavía más duro.

Lo llamó terrorismo.

Quien no tiene el valor de decir las cosas de frente comienza a dejar comentarios por los pasillos, soltando versiones incompletas hasta destruir poco a poco el buen nombre de alguien.

Lo curioso es que el chisme casi nunca llega vestido de malo de pelicula.

Normalmente entra con voz bajita, cara de preocupación y una frase aparentemente inocente:

“Yo no sé si sea cierto, pero…”

Cinco minutos después ya repasó medio organigrama.

Desde el Vaticano hasta nuestra oficina, esa enfermedad no respeta religiones, jerarquías ni dress code.

La lista incluye también a quienes acumulan dinero, cargos, títulos, reconocimientos o privilegios intentando llenar con cosas un vacío que no se llena con cosas.

Para ellos, Francisco recuerda una frase difícil de mejorar:

“El sudario no tiene bolsillos”.

Sin embargo, lo más incómodo del texto no es la lista.

Es el examen.

Hamel propone calificarse del uno al cinco en cada una de las quince enfermedades.

¿Me siento superior a quienes trabajan conmigo?

¿Critico a mis compañeros cuando no están presentes?

¿He comenzado a confundir mi puesto con mi identidad?

Porque uno siempre encuentra cómo acomodar sus propias respuestas.

No soy arrogante: soy exigente.

No es chisme: es información que necesito compartir por el bien de la organización.

Todos somos excelentes abogados defensores de nosotros mismos.

Por eso Hamel propone: pedirles a nuestros compañeros que nos califiquen en los mismos quince puntos.

Ahí se acaba la medicina herbolaria.

Porque auto diagnosticarse es sencillo.

La medicina comienza cuando la lupa te la apunta alguien más.

Francisco no les habló a directores generales, emprendedores ni fundadores de empresas.

Les habló a cardenales.

Quizá porque las enfermedades del poder no distinguen entre títulos y organigramas. Aparecen cada vez que alguien recibe un poco de autoridad y comienza a creer que también recibió superioridad moral.

Todos leemos la lista identificando, con mucha claridad, al arrogante, al chismoso, al controlador y al indispensable que tenemos cerca.

El problema es que rara vez reconocemos al tipo en el espejo.

¿Será que esa sea la enfermedad número dieciséis?