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16 de julio de 2026
Opinión

Camino a Valinor

Camino a Valinor
  • julio 16, 2026

Las historias que nos llevaron a la final

JOSÉ INOCENCIO AGUIRRE WILLARS

¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.

El domingo España y Argentina disputarán la final de la Copa del Mundo. Habrá un campeón, una copa levantada y millones de fotografías que pasarán a la historia. Sin embargo, cuando recordemos este Mundial, probablemente no hablaremos solamente de quién ganó.

Porque los Mundiales no se construyen únicamente con resultados. Se construyen con las historias que aparecen durante el camino y con esos personajes que, sin portar nuestra camiseta, terminamos sintiendo un poco nuestros.

¿Cómo explicar, por ejemplo, lo que ocurrió durante el partido entre Países Bajos y Marruecos? Habían pasado exactamente doce años desde aquella dolorosa eliminación de México en Brasil 2014. El calendario quiso que los neerlandeses volvieran a jugar un 29 de junio, ahora en territorio mexicano, y las tribunas se encargaron de recordarles durante todo el encuentro aquel grito que se convirtió en parte de nuestra historia futbolística: “¡No era penal!”.

Marruecos ganó en penales y, por unos minutos, millones de mexicanos sintieron que una pequeña deuda había quedado saldada. No porque aquel resultado pudiera cambiar el pasado, sino porque el fútbol también está hecho de memoria, revancha simbólica y sentido del humor.

Noruega también llegó desde muy lejos para convertirse en selección adoptiva de Latinoamérica. Sus festejos vikingos, su histórica victoria sobre Brasil y, especialmente, la personalidad de Erling Haaland conquistaron a la afición. El delantero respondió al cariño mexicano, se sumó al “¿Y si sí?” y celebró que los propios jugadores de México imitaran el remo vikingo de su selección.

Noruega quedó eliminada, pero Haaland se marchó siendo mucho más que una estrella. Nos dejó la imagen de un futbolista enorme que supo divertirse, agradecer y conectarse con una cultura distinta a la suya. México y buena parte de Latinoamérica terminaron respaldándolo como si hubiera nacido de este lado del océano.

Algo parecido ocurrió con Jude Bellingham. Inglaterra eliminó a México, pero el joven inglés tuvo la sensibilidad de acercarse a Gilberto Mora, quien lloraba después del partido, para abrazarlo, consolarlo y reconocer su actuación. En ese instante no vimos solamente a una figura mundial; vimos a una persona capaz de comprender el dolor de un muchacho que acababa de despedirse de su primer Mundial.

Ese gesto, su humildad y su calidad humana hicieron que muchos mexicanos dejaran momentáneamente de verlo como rival. Porque la grandeza verdadera no consiste únicamente en jugar bien, marcar goles o ganar partidos. También se demuestra en la forma de tratar a los demás cuando las cámaras podrían estar mirando hacia otro lado.

A eso se sumaron Cabo Verde y su increíble historia; el orgullo que nos devolvió la joven selección mexicana; las celebraciones en las calles; los aficionados que intercambiaron camisetas y las familias que organizaron su vida alrededor de cada partido.

El domingo conoceremos al campeón. España o Argentina levantarán la copa y ocuparán para siempre un lugar en los libros. Pero nosotros recordaremos también a Marruecos cobrando una vieja deuda mexicana, a Haaland remando como vikingo, a Bellingham consolando a Gil Mora y a tantos desconocidos que durante unas semanas se convirtieron en parte de nuestras conversaciones y nuestros afectos.

Porque la final determina quién gana el Mundial, pero son las historias del camino las que explican por qué llegamos a quererlo tanto.

Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.