Con-ciencia y sin corbata
El cielo está de fiesta (JOA)
Emiliano Calvert
Hoy, mi compadre y mejor amigo cumple años. La última vez que nos juntamos a celebrar fue en nuestros dieciocho; ya casi una década. Y, sin embargo, su voz, su manera particular de ver el mundo siguen aquí.
Dicen que el legado de una persona se mide por la forma en que es recordada. Si fuera ese el fin último del paso por la tierra, Jorge Oyarzabal lo hizo como jefe. Lo hizo simplemente siendo él mismo: un chavo con un corazón demasiado grande para caberle en el pecho, con una sonrisa que abría puertas antes de tocarlas, y con un instinto rarísimo para hacer sentir a la persona que tenía enfrente que era la más importante del momento.
Si tuviera que escoger una sola cosa que aprendí de él, sería esta: hay que transitar la vida con humor. No con cinismo ni con sarcasmo chafo, sino con ese humor noble que no se ríe del otro sino con el otro. Estos años no me han librado de los problemas que hubiera querido no tener, pero la lección de Jorge (enfrentarlos con una sonrisa, encontrarles el chiste, no dejar que pesen más de lo que debe) me ha permitido transitarlos con la espalda más relajada.
Hay anécdotas que sólo le pertenecen a un puñado de personas, y en esas vive con más fuerza la presencia de quien ya no está. Los Saraperos, por ejemplo. Tardes enteras aventando chistes sobre el equipo y sobre el Conejo Kike: unos lo hacían reír a, otros no tanto, pero todos los recibía con la misma alegría.
Podría enumerar sus virtudes (elegancia, temple, empuje, creatividad, generosidad, empatía, carisma, ese ángel inexplicable que algunos traen de fábrica y otros heredan de la casa donde crecen) y la lista no terminaría. Pero lo que a mí me tocó vivir, ver y disfrutar de cerca fue, sobre todo, lo que es ser un buen amigo. Una persona siempre disponible. Siempre atenta con la gente que yo quería (mi familia entre ellos) como si fueran suyos. Esa capacidad rara de estar hombro con hombro contigo sin que hiciera falta pedírselo, sin que hiciera falta explicar nada. Una capacidad que, a la fecha, no ha perdido. Sigue ahí, en cada decisión en la que me pregunto qué haría él, en cada amigo nuevo al que intento querer un poquito como él me quiso a mí.
Hoy te honro, compadre. Te recuerdo con nostalgia algunos días, con risa los más, y siempre con un agradecimiento callado por haber coincidido contigo en este pedazo de mundo. Te recuerdo como la persona que viniste a enseñarnos: la que le da la cara a la vida con una sonrisa, la que busca los retos grandes para disfrutarlos antes de superarlos, la que entiende que el cariño verdadero se demuestra en lo cotidiano.
Hoy el cielo está de fiesta. Y los que tuvimos la suerte de quererte desde acá abajo te mandamos un abrazo fuerte.
