Con-ciencia y sin corbata
Aguacate Bowl
Por Emiliano Calvert
Hay productos que se venden.
Y hay otros que, sin darnos cuenta, se meten en la cultura.
El aguacate pertenece al segundo grupo.
Estados Unidos puede discutir muchas cosas, pero hay una en la que definitivamente no:
si hay Super Bowl, hay guacamole.
Mucho guacamole.
Para dimensionarlo: el estadounidense promedio consume alrededor de 4 kilos de aguacate al año. Eso es el consumo normal, el de “avocado toast”, ensaladas y smoothies bonitos.
Pero llega el Super Bowl… y los comportamientos cambian.
Ese solo fin de semana se consumen más de 120 mil toneladas de aguacate.
Traducido esto: más de 250 millones de aguacates desaparecen en cuestión de horas.
No en restaurantes finos.
No en eventos gourmet.
En salas, cocheras, patios y sillones manchados de salsa.
Un solo día concentra una locura que puede representar hasta una quinta parte del movimiento anual del producto.
No es una tendencia.
Es un ritual.
Consumo como deporte, extremo
El Super Bowl no es un evento deportivo.
Es una operación logística disfrazada de fiesta.
Mientras millones discuten si el show del medio tiempo estuvo bueno o no, detrás pasa algo más interesante:
una cadena de suministro estresada al límite.
El aguacate no es un producto noble.
No espera.
No perdona errores.
No aguanta mucho.
Mover ese volumen implica sincronizar cosecha, empaque, transporte, maduración y distribución con alta precisión. Todo para que, a las 5:30 pm del domingo, alguien pueda decir:
“¿le falta tantita sal al guacamole?”
Y eso es lo verdaderamente brutal del segmento:
no solo vender mucho…
sino vender todo, al mismo tiempo, y bien.
Cultura
Hay algo me parece fascinante en todo esto.
Una cultura que acostumbra discutir fronteras, identidades y pertenencias, adopta sin problema un producto que no nació ahí…
y lo convierte en protagonista de su evento más sagrado.
El aguacate ya no es “comida extranjera”.
Es parte del paquete: alitas, cerveza, anuncios rarísimos… y guacamole.
Porque la cultura, cuando es auténtica, no se impone.
Se come.
El verdadero reto no está en la mesa
Lo que vemos es el bowl verde, el totopo caliente y la foto para Instagram.
Lo que no vemos es el sistema completo funcionando detrás sin poder equivocarse.
Porque el aguacate no llega “porque sí”.
Llega porque alguien decidió cosechar antes o después,
porque alguien calculó maduración al día,
porque alguien apostó capital, camiones y reputación a una ventana de consumo que dura horas, no semanas.
El Super Bowl no es una fecha comercial.
Es una prueba de estrés.
Todo el año se puede fallar y corregir.
Ese día, no.
Ese día, el mercado no espera, no entiende excusas y no perdona retrasos.
Y quizá ahí está lo más interesante:
en el evento más americano de todos, el protagonista no es el deporte, ni la cerveza, ni el show.
Es un producto extranjero que entendió mejor que muchos cómo funciona este mercado.
Mientras alguien discute la última jugada y otro pide otra ronda,
el aguacate ya hizo lo suyo.
