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15 de enero de 2026
Opinión

Convicciones

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  • enero 15, 2026

El Teatro Universal, Pedro Meyer

Rubén Aguilar Valenzuela

 

El Teatro Universal (Colección Miramar, 2025) de Pedro Meyer, reúne imágenes que el fotógrafo tomó en 1980-1981, para hacer un libro sobre la campaña del candidato del PRI Miguel de la Madrid Hurtado (Colima, 1934 – Ciudad de México, 2012), que finalmente no se hizo y es hasta ahora que estas se conocen.

 

En los siete meses que duró la campaña, Meyer tomó 17 000 fotografías, el curador del libro, Rogelio Villarreal, de este acervo seleccionó 350, que son las que integran el libro. De él también es un lúcido ensayo que analiza la manera como en esos tiempos se hacía la política, que en estos días ha revivido en forma muy semejante.

 

En la campaña Meyer utilizó una cámara Laica con rollo a color y otra con rollo de blanco y negro, y sobre la marcha decidía que imágenes debía tomar con una u otra de las cámaras. Las fotografías reunidas son de una enorme fuerza expresiva. Y constituyen un testimonio histórico del México de la década de 1980, y de la manera en la que el PRI, partido de Estado, organizaba sus campañas que es muy semejante a como ahora las realiza Morena, fundado por un exprista. Hoy en una campaña de Morena se pueden tomar las mismas fotografías que en 1980 hizo Meyer de los eventos del PRI.

 

El fotógrafo, con sus imágenes, registra un enorme, gigantesco circo, donde la pista es todo México, y los espectadores son al mismo tiempo los actores. El libro es un testimonio histórico, antropológico, sociológico y político, pero también una obra de arte.  En él, a más de Villarreal, escribe Pedro Meyer y un servidor. Aquí transcribo mi texto:

 

“En la contienda electoral de 1982 nadie dudaba de que la iba a ganar el candidato del PRI, Miguel de la Madrid Hurtado, que fue presidente de México de 1982 a 1988.

Eran tiempos donde no había ninguna posibilidad de competir. El Partido de Estado lo controlaba todo. La participación de la oposición era testimonial y heroica.

 

Pedro Meyer fotografió la campaña del priista y desde su inicio entendió bien en qué consistía. Se trataba de un circo, de un gigantesco circo.

 

Todo lo que se hacía en la campaña cobraba sentido si se entendía como una gran puesta en escena, diseñada con cuidado, con décadas de experiencia, donde todo estaba contemplado y tenía un papel.

 

El escenario, las pistas del circo, era toda la geografía del país. Las grandes y pequeñas ciudades, los barrios marginales, las zonas rurales e indígenas con su histórica y dolorosa pobreza.

 

Ahí estaban también las agrestes montañas, el desierto, la selva, las costas y el mar. La riqueza inmensa de la naturaleza y el territorio era parte de la escenografía.

 

En estas múltiples pistas de la inmensa carpa del circo, la dimensión toda del país, se movían los actores, que también eran los espectadores. Sin saberlo desempeñaban ese doble papel.

 

Pedro Meyer registra cómo los directores del circo habían contemplado la participación de personas de todas las edades, y de todos los sectores sociales. Nadie podía faltar.

 

Sus imágenes dan cuenta de cómo a esas personas se les coloca, de acuerdo con un libreto, en escenarios previamente diseñados y donde todas debían llevar el disfraz adecuado para la función.

 

Los indígenas, sus vestidos tradicionales; las jóvenes, sus trajes regionales; los obreros, las chamarras de su sindicato; los médicos, sus batas, y las niñas y los niños sus uniformes escolares.

 

La variedad y el colorido de la vestimenta es enorme. Los actores —hombres y mujeres—, que al tiempo son espectadores, se visten, se disfrazan para participar en los eventos, en las pistas del circo.

 

Los directores de escena a los actores les dan los carteles, mantas, banderolas y globos de todos los tamaños y colores que deben de utilizar en la función que les tocó participar.

 

El evento se anima con bandas, mariachis y todo tipo de conjuntos musicales y también con cantantes famosos, y otros no tanto.

 

En los escenarios, los grandes y los pequeños, mientras transcurre el espectáculo, se deja caer confeti y se truenen cohetes.

 

En las imágenes de los actores se ve la risa abierta y el gozo de estar ahí, de ser parte del espectáculo, pero en otros se hace presente el aburrimiento y el cansancio. No asumen a cabalidad el papel que se les ha impuesto. Se resisten. Fueron obligados a participar.

 

Pedro Meyer, con su mirada, nos hace ver que el candidato en una elección que ya está ganada no es el personaje central. Solo es el pretexto para que se monte el circo. Lo que convoca y realmente cuenta es el espectáculo y los actores que lo realizan.

 

Las imágenes que aquí vemos son una anatomía profunda, que nunca antes se había hecho, sobre el circo gigantesco de las campañas del PRI en los ochenta años que de manera ininterrumpida estuvo en el poder. Es un testimonio histórico único y también una obra de arte”.

 

 

El Teatro Universal

Pedro Meyer

Colección Miramar, 2025

  1. 376

 

@RubenAguilar