Con-ciencia y sin corbata
¿Ética o cosmética?
Emiliano Calvert
Esta semana, en una clase de ética, salió una pregunta que se me quedó dando vueltas más de lo que esperaba.
¿Lo que haces es ético… o cosmético?
No es difícil entender por dónde va la cosa.
Ayudas a alguien.
Apoyas a un compañero.
Donas.
Te sumas a una causa.
Presumes que tu empresa “pone a las personas al centro”.
Perfecto.
Ahora viene la parte interesante:
¿Lo haces por ser o por parecer?
Porque una buena acción puede verse exactamente igual por fuera y nacer de un lugar completamente distinto por dentro.
Puedes ayudar porque genuinamente crees que es lo correcto.
O porque hay una cámara apuntándote.
Puedes hablar de valores porque de verdad gobiernan tus decisiones.
O porque se ven padrísimos en la recepción, al lado del logo y la cafetera.
Y eso, en las empresas, pasa muchísimo.
La literatura de responsabilidad corporativa incluso distingue entre acciones “sustantivas” y “simbólicas”: unas cambian realmente la forma de operar; las otras ayudan a construir legitimidad o buena imagen sin necesariamente tocar el problema de fondo.
Traducido al español básico:
una cosa es arreglar la fuga.
Otra es pintar bonito alrededor.
En el mundo de la inteligencia artificial incluso se empezó a utilizar el término ethics washing: hablar muchísimo de ética, principios y responsabilidad sin que necesariamente existan cambios reales detrás.
Una fundación necesita contar historias.
Un líder puede compartir una buena práctica.
El problema nace cuando la comunicación se vuelve más importante que la acción.
Cuando hacemos el voluntariado pensando primero en la foto.
Cuando hablamos de “familia” mientras la gente está quemada.
Cuando presumimos sustentabilidad o propósito… pero en la junta donde de verdad se decide algo, esos valores misteriosamente ya no alcanzaron una silla en la reunión.
Y todavía hay otra trampa.
Existe un fenómeno en psicología llamado licencia moral: después de hacer algo que consideramos bueno, podemos sentir cierto permiso para relajarnos moralmente después. Una revisión de 91 estudios encontró evidencia de este efecto, aunque también señaló que su magnitud varía y que los estudios publicados tendían a mostrar efectos mayores.
Como quien corre cinco kilómetros y decide que se ganó tres tacos y postre.
Nada grave con los tacos.
El problema es hacer lo mismo con la ética.
“Yo ya ayudé.”
“Yo ya doné.”
“Mi empresa ya tiene su programa social.”
Y sin querer convertimos una buena acción en una especie de saldo a favor moral.
Como si la ética funcionara con puntos Payback.
Tal vez por eso la pregunta de la clase me gustó tanto.
Porque no obliga a revisar solamente qué hacemos.
Obliga a revisar desde dónde lo hacemos.
Y ahí nadie puede auditarte.
No hay distintivo.
No hay comité.
No hay publicación de LinkedIn que pueda resolverlo por ti.
Sólo tú sabes si ayudaste porque querías ayudar o porque querías que supieran que ayudaste.
Y tampoco hay que caer en la ridiculez contraria.
Que una buena acción también genere reputación no la vuelve automáticamente falsa.
Si una empresa hace algo bueno y además mejora su imagen, qué bueno.
El problema no es que te vean.
El problema es hacer algo únicamente para que te vean.
Quizá ahí está la frontera entre ética y cosmética.
La cosmética pregunta:
“¿Cómo nos vamos a ver?”
La ética pregunta:
“¿Qué debemos hacer?”
La prueba de verdad viene cuando las respuestas dejan de coincidir.
Cuando hacer lo correcto cuesta dinero.
Cuando nadie se va a enterar.
Cuando no habrá reconocimiento.
Ahí ya no hay maquillaje que alcance.
Porque parecer bueno es relativamente sencillo.
Serlo cuando nadie está viendo…
esa sí es otra cosa.
