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13 de julio de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • julio 13, 2026

La verdad de lo fingido

Emiliano Calvert

La lucha libre mexicana tiene una ventaja enorme sobre muchas industrias: nunca ha fingido que no es un negocio.

Hay máscaras, traiciones y señores disfrazados que juran odiarse desde hace años. Todo está construido para contar una historia.

Pero tampoco hay que pasarse de la raya.

Una cosa es que exista un guion y otra muy distinta es aventarse desde la tercera cuerda sobre otro ser humano. La lona será parte del espectáculo, pero colchón de hotel definitivamente no es.

El sábado terminé en la Arena Potosí, en San Luis, gritándole a un gringo enmascarado que, dos horas antes, ni siquiera sabía que existía.

Una persona muy cercana trabaja dentro del nuevo proyecto de la AAA y me invitó. Yo llegué con la actitud del que va “a acompañar”: acepta la invitación, compra algo de comer y calcula a qué hora podrá regresar.

Pero esta vez no pasó.

Dos horas y media después seguía sentado, viendo a El Grande Americano luchando con Los Perros del Mal, mientras una arena completa gritaba, se reía, insultaba y celebraba cada golpe con una emoción desmedida.

Y la verdad, salí sorprendido.

Mi relación con la lucha libre es parecida a la de muchos chavitos de mi generación: primero la conocimos en inglés.

Antes de saber bien qué era la AAA, ya conocíamos a Rey Mysterio, Undertaker, Batista y John Cena. Después volteábamos hacia México: La Parka, Octagón, Psycho Clown.

Muchos importamos el fanatismo para después descubrir que la materia prima siempre había estado aquí.

Porque la lucha libre mexicana son acrobacias, suplex, hurracarranas y rompeesquinas envueltas en una identidad ligada a nuestro país.

La máscara es personaje, marca, misterio y, a veces, herencia familiar.

El técnico no es simplemente “el bueno”. Y el rudo tampoco es únicamente “el malo”. Es el tipo que logra que una señora se levante para insultarlo con una creatividad envidiable.

No me considero un superfan. Precisamente por eso me sorprendió lo balanceada que puede ser una función.

Unos van por la acrobacia, otros por la actuación o la comedia. Muchos viven la cultura luchística con seriedad. Y también estamos los que llegamos por curiosidad o puro morbo.

Al final todos encontramos algo: adrenalina, espectáculo, comida de estadio, personajes, música y esa pertenencia que también aparece en un juego de futbol o de beisbol.

Aquí el aficionado no solamente observa. Forma parte de la función.

Sin el público no existe el rudo. Sin gritos no existe el héroe.

Y justamente ahí aparece el negocio.

En abril de 2025, WWE anunció su entrada a AAA junto con el grupo mexicano Fillip. Podía parecer una compra más, pero lo que se está armando es más interesante.

WWE no compró solamente un ring y un grupo de luchadores. Compró 30 años de personajes, rivalidades, máscaras, reconocimiento y cultura popular. Una marca legitimada en México y con potencial en Estados Unidos.

AAA, por su parte, recibe acceso a una maquinaria que sabe producir televisión, vender derechos, mover talento, generar mercancía y convertir una lucha en contenido para toda la semana.

Una función como la de San Luis ya no termina cuando se apagan las luces.

Primero vende boletos. Después se convierte en programa de televisión. De ahí salen clips que alimentan rivalidades y venden la siguiente función. Luego llegan los patrocinios, las máscaras, las playeras y los eventos grandes.

La taquilla ya no es todo el negocio.

Es apenas la primera caída.

Desde enero de 2026, AAA tiene programación semanal los sábados. Las funciones se transmiten por FOX .

La lógica es sencilla: primero construyes audiencia, luego construyes consumo.

También comenzó a moverse el talento entre ambas empresas. Luchadores mexicanos aparecen en escenarios internacionales y figuras de WWE llegan a AAA. Dominik Mysterio, hijo de Rey Mysterio, es una de las caras del proyecto.

La historia tiene algún tipo de ciclo muy interesante.

Yo conocí la lucha libre viendo a Rey Mysterio en una empresa estadounidense. Años después terminé en San Luis viendo a su hijo como campeón de una empresa mexicana asociada con esa misma compañía.

Triplemanía 34 también deja claro hacia dónde van: dos noches, una en Las Vegas y otra en la Arena Ciudad de México.

No es solamente llevar una función mexicana a Estados Unidos. Es juntar dos mercados.

Estados Unidos pone la maquinaria, la distribución y la capacidad de consumo.

México pone la cultura, los personajes, las máscaras y una fábrica de talento que lleva décadas funcionando.

Yo llegué a la Arena Potosí como fan casual, casi de acompañante, y salí entendiendo por qué esta industria mueve tanta gente. No hace falta conocer todas las rivalidades, saberse el nombre de cada llave ni distinguir una hurracarrana.

Basta sentarse, dejarse llevar y estar atento.

Una función de AAA tiene algo para casi todos: acrobacia, comedia, personajes, drama, golpes, música, comida de estadio y señoras insultando luchadores con un talento que ya quisiera cualquier creativo.

La pasé muy bien.

Y más allá de la función, salí con la sensación que vale la pena estar atentos a lo que están construyendo WWE y AAA. No solamente porque puede crecer el negocio, sino porque estamos viendo cómo una parte muy nuestra de la cultura popular comienza a subirse a una plataforma mucho más grande.

Tal vez usted tampoco sea superfan.

Yo tampoco lo era.

Pero cuando tenga una función cerca, vaya.

En el peor de los casos se come algo, se ríe un rato y aprende un par de insultos nuevos.

En el mejor, termina como yo: gritándole a un gringo enmascarado que no conocía y preguntando cuándo es la siguiente.