Con-ciencia y sin corbata
El costo de saber
Emiliano Calvert
Hace poquito me pasó algo raro dos veces en la misma semana.
Y curiosamente, las dos me dejaron pensando exactamente en lo mismo.
La primera fue en la escuela.
En las dinámicas de trabajo en equipo he notado algo muy interesante: cada perfil tiene un tema que domina naturalmente. El financiero ve números donde otros ven confusión. El emprendedor entiende oportunidades donde otros ven incertidumbre. El ingeniero detecta soluciones simples a problemas que no todos alcanzan a ver.
Hasta ahí todo “normal”.
Lo curioso es que, conforme avanza la discusión, cada uno empieza a asumir que el resto entiende el tema con la misma facilidad.
Y casi nunca es así.
La segunda me pasó en una reunión de un proyecto inmobiliario.
Estábamos revisando viabilidades financieras. Dependiendo de ciertos números, cambiarían decisiones comerciales, de producto y hasta de marketing.
La conversación era muy entretenida honestamente.
Hasta que llegó el momento donde los financieros intentaron explicar por qué ciertas conclusiones eran tan “evidentes”.
Y fue fascinante ver la reacción de quienes no ven el mundo a través de Excel, TIR, ROI, contribución, etc.
Para unos era “obvio”.
Para otros parecía que estaban escuchando un idioma nuevo.
Y ahí me cayó el 20.
El problema de saber mucho no solamente que te vuelvas arrogante.
Es que se te olvida cómo era no saber.
Y creo que nos pasa a todos.
Al contador que explica impuestos usando palabras que nadie fuera de Hacienda utilizaría en una conversación.
Al médico que sale segurísimo de haber explicado perfectamente un tratamiento mientras el paciente llega al estacionamiento y busca en Google qué fue lo que le dijeron.
Al arquitecto que habla de claros, desplantes y volados como si todos hubiéramos pasado por la misma Universidad.
Al aficionado al fútbol que se desespera porque alguien no entiende el fuera de lugar.
Al financiero que cree que todos entienden exactamente lo que significa una TIR, un flujo descontado o un costo de oportunidad.
No es soberbia.
Es algo mucho menos elaborado la verdad.
Es familiaridad, costumbre, ritmo, momentum, como se quiera llamar…
Cuando llevas años haciendo algo, tu cerebro deja de verlo como complicado.
Se vuelve normal.
Tan normal que olvidas que alguna vez también te costó trabajo entenderlo.
Y por eso admiro cada vez más a cierto tipo de expertos.
No necesariamente a los que más saben.
Sino a los que mejor memoria tienen.
Richard Feynman podía explicar física avanzada de una forma que parecía platiquita de café.
Marcelo “el Loco” Bielsa puede hablar horas de táctica, pero cuando quiere que alguien entienda una idea suele usar ejemplos sumamente sencillos.
Warren Buffett lleva toda la vida escribiendo cartas financieras que puede entender alguien que jamás estudió finanzas.
No porque sepan poco.
Precisamente porque saben muchísimo.
Con los años he llegado a la conclusión que la inteligencia impresiona.
Pero la claridad conecta.
Saber mucho tiene su mérito.
Poder explicarlo tiene otro completamente distinto.
Yo creo que el experto no es el que logra que los demás admiren lo que sabe.
Es el que consigue que los demás entiendan algo que antes parecía imposible.
Y para eso hace falta conocimiento.
Pero también hace falta memoria.
La memoria para recordar cómo se veía el mundo cuando todavía no sabías.
