Con-ciencia y sin corbata
El templo y el temple
Emiliano Calvert
Hay algo muy curioso sobre el talento.
Todo mundo quiere verlo.
Nadie quiere ver cómo se construye.
Este fin de semana pasó algo impresionante en la NBA.
No soy precisamente el mayor experto en básquetbol, pero no hacía falta para darse cuenta que estábamos viendo algo fuera de serie.
Durante siete juegos, Oklahoma City y San Antonio jugaron una serie que parecía una discusión permanente sobre quién era realmente el mejor jugador de la cancha y probablemente de la temporada.
De un lado estaba Shai Gilgeous-Alexander, el canadiense que terminó llevándose el premio al Jugador Más Valioso de la temporada.
Del otro, Victor Wembanyama.
Un francés de 2.23 metros que parece haber sido diseñado por alguien que nunca había visto un cuerpo humano.
Brazos larguísimos.
Piernas interminables.
Una coordinación que no debería existir en alguien de ese tamaño.
De esos atletas que replantean qué cosas son físicamente posibles.
Y claro que llegó la polémica.
Porque para muchos, el MVP debía haber sido Wembanyama.
La discusión llenó programas, podcasts, redes sociales y, por supuesto, salas de prensa.
Después de una de las derrotas de San Antonio, los reporteros olieron sangre…
Querían la frase.
La nota.
El titular.
Que dijera que le habían robado el premio.
Que él era el verdadero MVP.
Que explotara.
Bastaba una respuesta.
Una cara mal interpretada.
Un gesto.
Lo intentaron varias veces.
No pudieron.
Contestó con respeto.
Reconoció a su rival.
Siguió adelante.
Y honestamente, creo que esa fue una jugada más difícil que varios de los tiros que metió en la serie.
Porque controlar a un rival es complicado.
Controlarte a ti mismo normalmente es mucho peor.
Para mí, ahí está la parte interesante de la historia.
Meses antes de comenzar esta temporada, mientras muchos jugadores estaban de vacaciones, haciendo comerciales o presumiendo yates en Instagram, Wembanyama desapareció unos días en China.
No fue a una academia de alto rendimiento.
No fue a entrenar con otra superestrella.
Se fue a un templo Shaolin.
Se rapó.
Siguió horarios monásticos.
Entrenó físicamente durante el día.
Meditó durante la noche.
Subió montañas antes del amanecer.
Incluso hizo ejercicios diseñados para enfrentar el miedo y aprender a confiar cuando no puedes ver el “camino completo”.
Suena raro.
Y la neta, si creo que lo sea.
Pero mientras todo mundo entrenaba el cuerpo, él estaba entrenando algo más difícil: la cabeza.
Y quizá por eso cuando llegaron los reflectores, las críticas y las preguntas incómodas, no reaccionó como esperaba la prensa.
Reaccionó como alguien que antes ya había tenido conversaciones más difíciles consigo mismo.
Vivimos en una época que suele confundir carácter con volumen.
Creemos que tiene más personalidad quien grita más fuerte.
El que responde.
El que se pelea.
El que azota la puerta.
El que publica el mensaje incendiario.
Pero el temple rara vez hace ruido.
El temple es escuchar una provocación y no caer.
Es perder y no buscar culpables.
Es ganar sin necesidad de presumirlo.
Es entender que no todo vale la pena una reacción.
Curiosamente, la palabra encaja perfecto.
Wembanyama fue a un templo.
Y volvió con temple.
No sé si será el mejor jugador del planeta.
La verdad, todavía no me siento capaz de juzgar si Wembanyama ya es el mejor jugador del mundo.
Lo que sí sé es que este fin de semana dejó una enseñanza a todos.
Habrá miles de jóvenes tratando de copiar su tiro.
Y otros miles convencidos que lo importante es medir 2.23 metros.
Espero también veamos jóvenes copiando la parte donde… te provocan, te pican el orgullo, te ponen un micrófono enfrente y logras no decir ridiculeces.
Y para eso no sirven nada más sus tentáculos.
Para eso se necesita otra cosa.
