Con-ciencia y sin corbata
La carta que llegó dos veces
Emiliano Calvert
En mayo de 1891, en alguna parroquia de Saltillo, un sacerdote abrió un sobre llegado de Roma y se encontró con un texto largo, firmado por León XIII.
Se llamaba Rerum Novarum “de las cosas nuevas”.
El sacerdote, probablemente con el calor pegándole en la nuca, lo leyó dos veces antes de subirse al púlpito.
Abajo, los hombres lo escuchaban con la camisa todavía manchada de carbón. Venían del ferrocarril, de los primeros talleres, de los telares que empezaban a meterle ritmo inglés al algodón mexicano.
Ese domingo pasó algo raro:
Saltillo en 1891 me imagino que olía a carbón, aserrín y a gallinero.
El tren había llegado apenas nueve años antes, y con él llegaron también las cosas como: jornadas de catorce horas, niños trabajando, salarios que alcanzaban para sobrevivir… pero no para vivir.
León XIII no estoy 100% seguro si escribió pensando en Saltillo o Coahuila.
Pero si sé que escribía sobre Manchester, Lyon, Milán.
Aunque acá se entendió también.
La encíclica defendía el derecho a organizarse, cuestionaba salarios injustos y decía algo que, para la época, era rebelde:
un hombre vale más que su trabajo.
En el México de Porfirio Díaz, donde el progreso se medía en kilómetros de vía … y se cuestionaba poco.
Los que la leyeron completa, lo hicieron bien sordeados.
Entre turnos.
Prestándose el papel bien discreto.
Cuidando que nadie se diera cuenta que estabas leyendo tremendo escrito.
Ciento treinta y cinco años después (casi al mismo día) la historia no se repite…
pero sí rima.
Imaginemos esto:
Un operario en Derramadero termina su turno, ficha salida y abre el celular en el estacionamiento.
Mensaje del supervisor:
“A partir del próximo trimestre, las inspecciones de calidad se automatizan.”
No lo corren.
Lo reubican.
Ahora su chamba no desaparece… evoluciona y/o se transforma.
Pasa de ejecutar a supervisar.
De hacer, a entender cómo se hace.
Y eso (bien llevado ) puede ser progreso.
Hace unos días, el papa León XIV publicó Magnifica Humanitas.
Y no, no es un posicionamiento en contra de la inteligencia artificial.
Tampoco es un aplauso a ciegas.
Es algo más útil:
es un marco.
La encíclica no cuestiona la tecnología.
Cuestiona cómo la usamos.
Y sobre todo… desde dónde la decidimos.
Porque sí, una máquina no sufre, no madura, no tiene criterio moral.
Pero las decisiones que toma ( o que dejamos que tome ) sí impactan vidas reales.
Quién entra a un trabajo.
Quién accede a un crédito.
Quién crece… y quién se queda igual.
Y ahí está el punto que considero crucial:
no es la herramienta.
Es la responsabilidad detrás de quien la usa.
Reducir a una persona a datos puede ser eficiente.
Pero si no se cuida, también puede ser miope.
Y ahí es donde el papa León XIV quiere emitir su valioso punto de vista:
no para frenar la innovación…
sino para recordarnos que el centro no es el algoritmo.
Es la persona.
Saltillo en 2026 ya no huele a carbón ni a gallinero (a veces).
Huele a pintura industrial, a oficina climatizada con café recién molido, a ideas ejecutándose.
Y eso es una buena noticia.
Stellantis, General Motors, Daimler, proveedores, call centers, despachos, hospitales, emprendedores, …
todos están en la misma conversación.
No de si usar IA o no.
Sino de cómo usarla mejor.
La pregunta ya no es si viene.
Eso ya quedó claro.
La pregunta es más interesante:
¿qué tipo de decisiones queremos delegar… y cuáles no?
Hace más de un siglo, León XIII puso sobre la mesa una conversación que incomodo mucho.
Hoy, León XIV la actualiza.
No para detener el avance.
Sino para acompañarlo con responsabilidad y criterio.
La carta llegó dos veces.
Y esta vez, más que contestarla…
nos toca entenderla bien.
