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20 de enero de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • enero 20, 2026

Más sistema, Menos ego

Emiliano Calvert

Cada año aparece “el nuevo quarterback del futuro”.
El que viene a salvar franquicias, vender jerseys y arreglar temporadas enteras desde un brazo fuerte y unos cuántos highlights virales.

La mayoría se queda en eso: hype, video con la canción de “we’re ready” y se pierden del mapa muy temprano.

Pero de vez en cuando aparece uno distinto.
No el más escandaloso.
No el más mediático.
Sino el que hace que todo funcione mejor.

Ese es Fernando Mendoza.

Y no es una historia de superhéroes. Es algo más emocionante… y mucho más real.

Mendoza no llegó al radar como el niño prodigio con cámara encima desde los 16. Su camino fue más parecido al de muchos de nosotros: avanzar sin reflectores, aprender a golpes, equivocarse temprano y entender el juego antes de querer dominarlo. Nada glamoroso. Nada viral. Mas proceso.

Cuando finalmente tomó el control del equipo, pasó algo raro: el equipo dejó de depender de milagros y empezó a depender del sistema.
Eso, en fútbol americano, es oro.

Fernando Mendoza no es el QB del pase imposible cada jugada. No vive del highlight. Vive de leer bien la defensiva, decidir rápido y ejecutar lo que toca. No hace cosas espectaculares todo el tiempo… hace las cosas correctas casi siempre. Y en un deporte (y una vida laboral) donde muchos quieren brillar, eso marca la diferencia.

 

Y eso sólo le pasa a los atletas de alto rendimiento?
No es el compañero que manda correos larguísimos para parecer inteligente,
es el que te dice qué sigue, cómo hacerlo y por dónde avanzar.

Por eso hoy ya se habla de él como el quarterback del futuro cercano. No porque tenga el brazo más fuerte del planeta, sino porque tiene algo más difícil de entrenar: criterio bajo presión. Hace mejores a sus receptores, protege a su línea, ejecuta el plan y entiende cuándo no arriesgar.

Pero lo que terminó de explicar por qué conecta tanto con nuestra generación no fue un pase largo ni una estadística. Fue su discurso al recibir el Trofeo Heisman.

Ahí no habló de récords.
No habló del Draft.
No habló del “siguiente paso”.

Habló de sus abuelos.
De sus raíces hispanas.
De todo lo que cargó antes de cargar un equipo.

Y sí… no fui el único al que se le hizo un nudo en la garganta.

Porque en un deporte que rara vez se siente nuestro, Mendoza recordó que antes de ser estrella fue nieto, hijo, familia. Que detrás del éxito hay historias, sacrificios que no salen en el box score y una identidad que pesa más que cualquier trofeo.

Y ahí todo hizo sentido.

Mendoza no juega para alimentar su ego. Juega para que el sistema tenga sentido.
No porque sea menos ambicioso, sino porque entiende algo que muchos confunden: liderar no es cargar con todo, es diseñar para que todo funcione sin ti.

Mientras muchos líderes viven frustrados con ser indispensables (con que el equipo dependa de ellos para validar su lugar)

Mendoza hace lo contrario: reduce el ruido, ordena el caos y permite que cada quien ejecute mejor su rol. No acapara decisiones, las distribuye. No busca ser el héroe de cada jugada, busca que el error no aparezca.

Eso es inteligencia aplicada al liderazgo.

Y por eso conecta tanto con nosotros.
Porque ya vivimos la etapa del talento desordenado.
Ya vimos cómo el brillo sin estructura se quema, y rápido.
Y ya entendimos que el verdadero valor no está en destacar, sino en sostener.

Fernando Mendoza representa una versión más adulta del éxito: la que no necesita demostrarse todo el tiempo. La que prioriza coherencia sobre aplausos. La que entiende que ganar no siempre se ve espectacular, pero siempre se siente estable.

Por eso su futuro pinta bien.
No porque vaya a llegar a la NFL como salvador automático ni como solución mágica de franquicia.

Sino porque llega con algo mucho más escaso que el hype: criterio, memoria y la capacidad de elevar al equipo sin desaparecerse a sí mismo.

Y eso (en el campo, en la oficina y en la vida) sigue siendo la diferencia.