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7 de enero de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • enero 7, 2026

Las verdaderas heroínas no usan capa… usan filipina
Emiliano Calvert

Hace tiempo tuve la oportunidad de trabajar en la industria de la salud.
No solo desde un escritorio, menos desde la bata blanca del médico, sino desde un lugar fascinante: las clínicas de aplicación de medicamentos biológicos.

Como todo inicio, todo era nuevo para mí.
Los procesos, los pacientes, la responsabilidad, el rigor. Yo llegué con sistemas, flujos, tecnología: control de pacientes, agenda, recepción, orden. Llegué con diagramas, con lógica, con la intención muy noble de “mapear la operación”.

Y ahí fue donde me topé con algo que no me dijeron en ningún lado.

 

Las enfermeras.

No como figura romántica, no como imagen de póster.
Como columna vertebral del sistema.

Porque mientras uno diseña procesos, ellas ya los están ejecutando.
Mientras uno piensa en “optimizar tiempos”, ellas ya están conteniendo ansiedad.
Mientras uno discute KPIs, ellas ya están sosteniendo a alguien que tiene miedo.

En México hay más de 600 mil personas dedicadas a la enfermería. Aun así, no alcanzan.
Somos uno de los países con menos enfermeras por habitante dentro de la OCDE. Jugamos la temporada larga con banca corta… y aun así no pedimos cambio.

Trabajan jornadas que en papel dicen “40 horas”, pero en la realidad se sienten como dos turnos emocionales seguidos. Y no, no ganan lo que deberían ganar para la responsabilidad que cargan. Pero llegan. Siempre llegan.

En esas clínicas entendí algo brutal:
la tecnología no sustituye la vocación; la necesita.

Puedes tener el mejor sistema de agenda del mundo, pero si una enfermera no le explica al paciente qué sigue, no sirve.
Puedes tener el mejor control de expedientes, pero si alguien no sabe tranquilizar, escuchar, acompañar… el proceso se rompe.

Las enfermeras no solo aplican tratamientos.

Traducen el sistema medico al idioma humano.

Son la interfaz real entre la medicina y la persona.

En México nos encanta llamar “héroes” a quienes sostienen al país.
Pero a veces usamos la palabra como excusa para no pagar mejor, no contratar más, no mejorar condiciones.

Y aun así (y esto es lo que más impresiona) la vocación sigue ahí.

No porque sean mártires.
Sino porque entienden algo que muchos olvidamos: que el trabajo bien hecho también es una forma de dignidad.

Vi enfermeras aprender sistemas nuevos sin quejarse.
Adaptarse a procesos que cambiaban cada semana.
Sostener clínicas completas cuando faltaba personal.
Y hacerlo con una serenidad que no se enseña en ninguna universidad.

Ahí entendí que cuando hablamos de “crisis en el sistema de salud”, casi nunca hablamos de ellas.
Y deberíamos.

Porque si algún día el sistema colapsa, no va a ser por falta de software.
Va a ser por cansancio humano.

Este país no se sostiene solo con discursos, ni con reformas en PowerPoint.
Se sostiene con personas que llegan temprano, se van tarde y aún así te dicen:
“no se preocupe, todo va a estar bien”.

Las verdaderas heroínas no usan capa.
Usan filipina, guardan silencio, cargan historias ajenas…
y mañana vuelven a empezar.

Y ojalá algún día, además de aplausos, les demos algo igual de valioso:
un sistema que esté a la altura de ellas.