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7 de enero de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • enero 6, 2026

Catón y las perlas de todos los días

Emiliano Calvert

Soy un joven que encontró en la escritura algo más que un pasatiempo. Encontré una conexión real con la pluma: sentarme a observar, a poner atención y tratar de decir, con palabras, lo que pasa a mi alrededor. Y como suele pasar cuando uno empieza a tomarse en serio un hobbie, llegó la búsqueda de referentes; de personas que te ayuden a entender cómo se escribe bien y por qué vale la pena hacerlo.

En ese camino entendí algo importante: hay escritores que salen a cazar grandes historias. Y hay otros que lo ven más sencillo: que una buena historia puede salir de cualquier lado, si sabes observar. Fue entonces cuando me topé con una noticia que todavía me sorprende: el más grande de todos estaba a unos kilómetros de mi escritorio.

Ahí entra Armando Fuentes Aguirre, Catón. No como figura lejana ni de bronce, sino como un cronista que pone atención, que se detiene en lo pequeño y desde ahí saca algo que vale la pena pensar. Para mí, Catón no es solo un referente literario: es una escuela viva de escritura, la prueba que no hace falta gritar para decir cosas profundas, ni ponerse formal para sonar inteligente.

La picardía

Catón entendió algo que a muchos escritores les toma años cachar:

la picardía no es irse a lo fácil, es afinar el tiro.

Sus textos no van a humillar ni a señalar con el dedo. Van a mostrar.

Arranca con una anécdota simple y, casi sin que te des cuenta, ya te metió en una reflexión moral, política o humana. No te empuja la idea; te la deja ahí. El resultado suele ser el mismo: te ríes tantito… y luego te quedas pensando.

Eso no pasa por accidente.

Es oficio.

Y, sobre todo, es respeto por el lector.

Narrar la vida sin maquillarla

Algo que siempre me ha gustado de Catón es su manera de escribir sobre la vida (la propia y la ajena) sin inflarla ni vestirla de gala. Primero observa. Luego escribe. Como alguien que camina atento, con los ojos bien abiertos y la cabeza creando.

En textos como Mirador, una escena “cualquiera” (un gesto, una costumbre, una conversación mínima) termina diciendo más sobre el alma humana que muchos discursos bien armados. Catón no explica de más ni subraya la moraleja: deja que la escena haga el trabajo y confía en que el lector complete el sentido. Y en Mi perro Terry, lo que parece un libro sencillo , se convierte, en una reflexión profunda sobre la lealtad, el afecto y la pérdida. No busca conmover a la fuerza; cuenta la historia como es, y justo por eso pega más hondo de lo que uno espera.

Un perro.

Una frase dicha a destiempo.

Un error humano.

Una costumbre muy nuestra.

De ahí salen sus mejores textos. De eso que muchos pasarían desapercibidos. Catón no espera el “gran momento” para escribir. Escribe porque el momento ya ocurrió… y dejó algo que valía la pena pensar con calma.

De Saltillo al lector universal

Catón es cronista de Saltillo, sin duda.

Cronista oficial, periodista de oficio largo, maestro de generaciones y columnista leído de manera ininterrumpida durante décadas. Pero su alcance va mucho más allá de una ciudad o un estado: Catón también es cronista de México y, en un sentido más amplio, del ser humano.

Su voz ha recorrido lo municipal, lo estatal, lo nacional y lo internacional sin perder identidad. Ha escrito de política, historia, moral pública y vida cotidiana con la misma claridad, y sus columnas han sido leídas por públicos muy distintos, en contextos muy distintos. No porque simplifique la realidad, sino porque sabe ordenarla y decirla sin restarle profundidad.

Ese es un impacto que no depende de la coyuntura ni del escándalo.

No es inmediato.

No es viral.

Es duradero.

Lo que deja a quienes escribimos

Para quienes intentamos escribir con constancia, Catón deja lecciones claras:

  • Que la disciplina pesa más que la inspiración.
  • Que el humor bien usado afina el pensamiento.
  • Que escribir todos los días es una forma de atención, no de obsesión.
  • Y que incluso en lo ordinario hay algo que vale la pena contarse.

Catón no persigue tendencias.

Persigue claridad.

Un referente personal

Si hoy escribo columnas, si busco tono, ritmo, picardía medida y humanidad en cada texto, es en buena parte por lo que aprendí leyéndolo: que la escritura no es un pedestal desde donde se habla, sino una conversación honesta y constante con el lector.

Catón me enseñó que no hay que esperar a que la vida sea extraordinaria para escribir acerca de ella.

Hay que aprender a observar.

A poner atención en lo que pasa todos los días. En lo que parece sin importancia. En lo que no hace ruido. Porque ahí (en lo cotidiano, en lo humano) suelen estar las mejores historias. Y también, muchas veces, las reflexiones que más valen la pena.