Camino a Valinor
1991
JOSÉ INOCENCIO AGUIRRE WILLARS
Casetes, amigos y los discos que todavía nos acompañan
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
Hay años que recordamos por lo que pasó en el mundo. Otros, por lo que empezó a pasar dentro de nosotros. Para mí, 1991 pertenece a las dos categorías.
Acababa de cumplir catorce años cuando, en unas cuantas semanas, aparecieron el álbum negro de Metallica, Ten de Pearl Jam, los dos Use Your Illusion de Guns N’ Roses, Nevermind de Nirvana y Blood Sugar Sex Magik de Red Hot Chili Peppers. Poco después llegó Badmotorfinger de Soundgarden. Los compré todos en casete. No sabía que aquellos álbumes harían historia ni que formarían la banda sonora de mi vida.
Recuerdo la emoción de ir a comprar un casete. Había algo especial en llevarlo a casa, abrir la caja, desplegar el folleto con las canciones, fotos y arte, y presionar «play» en mi vieja grabadora y escuchar el lado A. Teníamos un álbum entero por descubrir.
Pero, sobre todo, recuerdo escucharlos con mis amigos, que siguen hoy conmigo. Nos reuníamos para descubrir sonidos y emociones nuevas. Algunos intentaban sacar en la guitarra los acordes que nos cimbraban; yo los escuchaba emocionado. Una canción que uno descubría terminaba siendo de todos. Sin darnos cuenta, también estábamos sembrando recuerdos.
Cada grupo nos ofrecía algo diferente. Metallica llenaba el cuarto con su fuerza; Guns N’ Roses podía pasar de la energía de You Could Be Mine a la emoción de Don’t Cry o November Rain. Pearl Jam nos acercó a Jeremy; Soundgarden nos llevó a Outshined y, años después, a Black Hole Sun. Tardé tiempo en comprender el impacto de esas canciones. Nirvana irrumpía con Smells Like Teen Spirit y Come as You Are, y los Chili Peppers ponían ritmo donde menos lo esperábamos. Volvíamos a escucharlos y encontrábamos algo nuestro.
Treinta y cinco años después, seguimos reuniéndonos. Cuando suena alguna de aquellas canciones, regresan las historias que vivimos juntos. Cada uno ha seguido su camino, pero conservamos recuerdos nacidos de aquella música.
Por eso me cuesta hablar de 1991 únicamente como un gran año para el rock. Lo fue. Para mí también fue el tiempo de ir por un casete con ilusión, de reunirme con mis amigos y de descubrir que la música podía acompañar una vida entera.
Aquellas canciones fueron el soundtrack de mi adolescencia. Hoy siguen siendo parte del soundtrack de mi vida. Cada vez que las comparto con los amigos de entonces, confirmo que lo que sembramos al escucharlas juntos sigue dando frutos.
Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.
