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27 de julio de 2026
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Pandillas en Saltillo: más allá del estigma

Pandillas en Saltillo: más allá del estigma
  • julio 27, 2026

Zarza Aguilera

Durante años, en Saltillo bastaba escuchar el nombre de una pandilla para pensar en riñas, grafitis, calles divididas por territorios y colonias marcadas por la violencia. Para muchos, pertenecer a una de ellas significaba cargar automáticamente con la etiqueta de delincuente. Pero detrás de ese estigma también existen historias que pocas veces se cuentan: historias de jóvenes que crecieron heredando el nombre de un barrio antes que un proyecto de vida; de rivalidades que comenzaron generaciones atrás y que hoy muchos continúan sin saber siquiera cómo iniciaron; pero también de quienes encontraron, por primera vez, a una autoridad que decidió acercarse para escuchar antes que detener. Las pandillas son un reto para la seguridad pública y algunas continúan protagonizando conflictos que afectan la tranquilidad de distintas colonias. Sin embargo, en medio de esa realidad han surgido esfuerzos para romper ciclos de violencia a través del deporte, la convivencia, la capacitación y el diálogo. Grupo Región recorrió colonias y conversó con integrantes de pandillas para conocer un fenómeno que va mucho más allá de la nota roja. Este especial muestra dos caras de una misma realidad: la de quienes siguen atrapados en rivalidades heredadas y la de quienes buscan demostrar que, incluso desde el barrio, es posible construir un futuro diferente.

Más de cien pandillas y una identidad que pasa de generación en generación

De acuerdo con información proporcionada por la Dirección de Proximidad Social, en Saltillo existen aproximadamente 100 pandillas identificadas, de las cuales 20 son consideradas de mayor relevancia por el historial de conflictos que han protagonizado o por el número de integrantes que concentran. Su presencia prácticamente abarca toda la ciudad. Colonias como Mirasierra, San Miguel, Bellavista, Ojo de Agua, Las Teresitas, La Minita, Morelos, Zaragoza, Valle de las Flores, Brisas Poniente, Saltillo 2000 y la Anáhuac, además de distintos sectores del poniente y del oriente, mantienen la presencia de estos grupos. Contrario a lo que muchos imaginan, las pandillas no nacen únicamente por la delincuencia. Quienes forman parte de ellas explican que, en muchos casos, la pertenencia viene heredada de padres, hermanos mayores, primos o tíos que también crecieron dentro del mismo grupo.

Más que una moda, lo describen como una tradición: un sentido de identidad y de pertenencia. La convivencia comienza desde edades muy tempranas: los niños empiezan a reunirse alrededor de los 10 años, mientras que las mujeres suelen integrarse a partir de los 13 años, creciendo entre amistades que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en la pandilla del barrio. Con el paso de los años también cambiaron sus formas de identificarse. Los grafitis que durante décadas marcaron bardas y calles han disminuido considerablemente. Ahora muchos prefieren portar esa identidad en los tatuajes. La “placa”, nombre con el que identifican a la pandilla, continúa siendo su principal símbolo de pertenencia, aunque con el tiempo algunos grupos modifican ese nombre. Lo que prácticamente no ha cambiado son las rivalidades. Una ofensa, una pelea o simplemente ingresar al territorio equivocado puede desencadenar un conflicto. Entre ellos existe una frase que resume esa realidad: “El barrio no perdona”. Los integrantes explican que cuando alguien agrede a uno de los suyos, sienten la obligación de responder. En ocasiones ni siquiera saben cómo comenzó la rivalidad, simplemente crecieron escuchando que existía. Uno de los ejemplos más conocidos es el enfrentamiento histórico entre Topos San Miguel y Vampiros San Isidro. Los propios jóvenes reconocen que desconocen el origen del conflicto, pero admiten que durante años ha sido “normal” buscar problemas cuando alguno invade el territorio del otro. Ante estas situaciones, la Dirección de Proximidad Social mantiene presencia constante en ambos sectores para prevenir enfrentamientos y mantener abiertos los canales de comunicación con ambas agrupaciones.

Cuando la policía decidió acercarse antes que detener

Durante muchos años la relación entre la autoridad y las pandillas estuvo basada casi exclusivamente en patrullajes, operativos y detenciones. La Dirección de Proximidad Social decidió intentar algo distinto: acercarse y escuchar. Conocer primero a las personas antes que al estigma. El director de esta área, Axel Alexis Morales Hernández, explica que el objetivo nunca ha sido minimizar los riesgos que representan algunas pandillas, sino intervenir antes que los jóvenes crucen el camino hacia la delincuencia. “El trabajo de proximidad siempre ha sido estar cerca de la ciudadanía. Ya habíamos entrado por muchos lados a las pandillas: por la fuerza, por la inteligencia, por la operatividad. Entonces nos preguntamos: ¿por qué no intentar entrar también por la parte de la proximidad?” Morales Hernández asegura que el acercamiento siempre depende de la disposición de los propios jóvenes. “Nosotros nos acercamos. Ellos deciden si quieren trabajar con nosotros.” Aunque reconoce que el proyecto aún es joven, asegura que ya hay resultados visibles: “Hace poco convivieron ocho pandillas de cuatro sectores diferentes. Todos tienen sus rivalidades, todos son muy competitivos, pero no hubo un solo conflicto”. Para el funcionario, uno de los mayores logros ha sido romper algunos prejuicios. “Debemos dejar de creer que por pertenecer a una pandilla automáticamente eres un delincuente. Hay jóvenes que simplemente se reúnen con sus amigos. Nuestro trabajo es evitar que lleguen a involucrarse en hechos de violencia”, dijo. Incluso revela que algunos integrantes han manifestado interés por ingresar a la Academia de Policía.

“Del barrio sales… pero el barrio nunca sale de ti”

Para Brian Onésimo, integrante de Dinastía Mirasierra, crecer en el barrio significó acostumbrarse a una realidad donde había pocas alternativas: “Me hubiera gustado que hubieran puesto un gimnasio o algo para entrenar”. Actualmente participa en las actividades organizadas por la Dirección de Proximidad Social y asegura que ahora intenta evitar que los adolescentes repitan los errores que ellos cometieron. “Nosotros ya pasamos por muchas cosas malas. Ahora les decimos a los morros que vienen atrás que se la lleven más tranquilos.” Cuando imagina su futuro ya no piensa en peleas. Piensa en una vida distinta. “Me veo siendo otra persona… una persona de bien.” Dariel Henry también pertenece a Dinastía Mirasierra. Hace aproximadamente doce años ingresó a la pandilla. Recuerda que antes las reuniones consistían prácticamente en consumir alcohol. Hoy, dice, la rutina ha comenzado a cambiar. “Antes era juntarnos para pistear. Ahora jugamos fútbol, tomamos cursos de primeros auxilios y convivimos de otra manera.” Para él, el mayor reto consiste en romper un ciclo que se ha heredado durante generaciones. “¿De qué sirve seguir heredando riñas y violencia? Eso es lo único que les vamos a dejar a nuestros hijos.” Dariel incluso sueña con convertirse algún día en servidor público. “Quiero seguir estudiando y trabajar ayudando a la gente, sobre todo a quienes tienen problemas de adicciones”.

La confianza también se construye

Una de las policías que participa en este proceso es la oficial Ylenia Guadalupe Galindo Aguirre, integrante de la Dirección de Proximidad Social de la policía municipal de Saltillo. Explica que el primer paso nunca consiste en imponer autoridad, primero consiste en escuchar. “Primero llegamos presentándonos, diciéndoles quiénes somos y reconociendo también las cosas buenas que hacen. Así empezamos a generar la confianza”. Con el paso del tiempo, dice, descubrió que muchos jóvenes no eran como la sociedad los imaginaba. “La gente muchas veces los cataloga como conflictivos, pero nosotros siempre nos damos el tiempo de conocer primero a la persona”. Las actividades que realizan incluyen torneos de fútbol, cursos, apoyo psicológico, orientación laboral, actividades recreativas y acompañamiento para quienes desean emprender algún oficio. Incluso algunos jóvenes han recibido herramientas para iniciar pequeños negocios como barberías. Sin embargo, la oficial reconoce que la estrategia más efectiva sigue siendo una muy sencilla. “Lo que mejor resultado nos ha dado son los torneos de fútbol y convivir con ellos. Cuando les dedicas tiempo empiezan a confiar y también comienzan a cambiar”.

Una transformación que apenas comienza

La Dirección de Proximidad Social en Saltillo reconoce que el fenómeno está lejos de resolverse. Todavía existen pandillas conflictivas, aún hay enfrentamientos y jóvenes que encuentran en la violencia una forma de defender el barrio. Sin embargo, también existen quienes han comenzado a descubrir otras posibilidades: deporte, educación, trabajo, capacitación y convivencia. No se trata de desaparecer las pandillas de un día para otro, se busca impedir que el siguiente paso sea la delincuencia. El barrio, el estigma y la oportunidad. Las pandillas no desaparecen únicamente con patrullas. Pero tampoco cambian solamente con un torneo de fútbol. Entre ambas estrategias existe un camino donde intervienen la familia, la escuela, las oportunidades, la comunidad y la confianza. En Saltillo aún existen grupos que representan un riesgo para la seguridad y eso no puede ignorarse. Pero también existen jóvenes que buscan escribir una historia diferente sin renunciar al lugar donde crecieron. Porque, como ellos mismos dicen, “del barrio sales… pero el barrio nunca sale de ti”. La pregunta que queda abierta es si la sociedad está dispuesta a creer que algunos de esos jóvenes pueden cambiar y, al mismo tiempo, exigir que quienes decidan seguir por el camino de la violencia enfrenten las consecuencias de sus actos.