Las mujeres abren camino en la policía
JESSICA ROSALES
En el Día Internacional de la Mujer, tras décadas de lucha por abrirse paso en espacios históricamente masculinos, hoy miles de mujeres en México hacen exactamente lo que durante siglos se dijo que no podían hacer: estar al frente de patrullas, atender emergencias, intervenir en casos de violencia familiar o encabezar áreas operativas dentro de corporaciones policiales. Son parte de una generación que logró abrirse camino en un terreno dominado durante años por los hombres para convertirse también en protagonistas y guardianas de la seguridad pública.
En Saltillo no existen registros históricos precisos sobre cuándo llegó la primera mujer a la corporación municipal. La memoria institucional tiene huecos, pero la historia nacional sí ofrece una coordenada: En 1929, la Ciudad de México formó uno de los primeros cuerpos policiales femeniles de América Latina. Fue breve: la sociedad no estaba preparada para tener a mujeres dando instrucciones, y el proyecto duró solo unos meses.
No fue hasta 1930 que surgió formalmente el primer cuerpo femenil de policías. Las primeras aspirantes debían cumplir requisitos físicos precisos, y si eran casadas, debían acompañar su solicitud con el consentimiento de su marido. La prensa de la época las fotografió en azoteas, bien vestidas, con faldas y tacones. El trabajo policial, escribían los cronistas de entonces, era masculino por definición.
Pasaron cuatro décadas antes que la idea volviera a florecer. En 1972 se creó el Agrupamiento Femenil en la capital del país, el que después inspiraría la serie Las Azules. Las mujeres entraron al cuerpo de policía como un mero accesorio, como una operación de limpieza de imagen del departamento tras los sucesos del 68. Vigilaban escuelas, parques, atendían turistas. Sus uniformes no eran los de policía: el objetivo, se decía, era que se vieran presentables.
En Saltillo, ese proceso llegó alrededor de los años 80`s o 90`s, sin que nadie lo registrara con precisión. Hoy, en la capital y en el resto del estado, las mujeres policías no solo patrullan: encabezan agrupamientos creados específicamente para atender a víctimas de violencia de género, capacitan en educación vial, realizan labores de prevención comunitaria y, en los casos más complejos, son quienes logran que una mujer golpeada, aterrada o a punto de retractarse decida hablar. La empatía, la escucha y la experiencia de algunas de haber vivido de cerca lo que ven se convierten en sus armas más efectivas.
Sin embargo, llegar hasta aquí no fue sencillo ni rápido. La historia de las mujeres en la policía de Saltillo y en México es la historia de una conquista silenciosa. Es una historia que empieza mucho antes que cualquiera de ellas pisara la academia, en los años en que salir de casa ya era, de por sí, un acto de resistencia.
La larga batalla de las mujeres por conquistar el mundo laboral
Para entender por qué una mujer tuvo que luchar para ser policía, primero hay que entender cuándo empezó a luchar para integrarse a cualquier otro espacio laboral. Carlos Recio Dávila, profesor investigador de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila, traza ese mapa desde principios del siglo XX.
En Saltillo como en el resto de México el espacio público era, sin más, territorio de hombres. La mujer salía poco de casa. Sin lavadora, sin refrigerador y con familias numerosas, su mundo giraba alrededor del hogar. Las pocas que trabajaban fuera lo hacían como empleadas domésticas. En muchos casos, incluso las compras las realizaban los propios maridos. Esa era la norma, no la excepción.
¿Qué rompió ese orden? No fue un solo evento, sino una cadena de sacudidas históricas que, sumadas, transformaron para siempre el papel de la mujer en la sociedad.
El primer gran quiebre, explica Carlos Recio, no ocurrió en México, sino en Europa. Durante la Primera Guerra Mundial, los hombres jóvenes marcharon al frente y dejaron atrás campos sin labrar y fábricas sin operar. Las mujeres los sustituyeron: cosieron uniformes, fabricaron armamento y trabajaron la tierra.
Ese ingreso forzado a espacios masculinos dejó huella visible incluso en la moda: el cabello corto y los cortes de talle recto de los años 20 fueron consecuencia directa de ese nuevo rol.
En México, la Revolución tuvo sus propias heroínas, aunque la historia oficial prefirió ignorarlas: periodistas, asesoras intelectuales, secretarias estratégicas de Madero y Carranza, además de las soldaderas, siempre retratadas como apoyo del soldado. Y en la Constitución de 1917, la mujer seguía siendo invisible: ningún artículo la nombraba. El derecho al voto llegaría 36 años después, en 1953.
Si hubo un invento que aceleró la emancipación femenina, ese fue la píldora anticonceptiva. Por primera vez, en los años 60, la mujer pudo decidir cuántos hijos tener y cuándo tenerlos. “Eso abrió la puerta al mercado laboral”, señala Recio Dávila.
Ese cambio coincidió con los movimientos juveniles de 1968, en París y en Tlatelolco, con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y con el auge del feminismo en los años 70. Fue una tormenta perfecta que sacudió los viejos órdenes.
Pero hubo otro factor igual de decisivo: la necesidad económica. En 1976, el peso mexicano se derrumbó. El dólar, que había costado 12.50 pesos durante casi dos décadas —en los años del llamado milagro mexicano—, se disparó a 23 y siguió subiendo. El sueldo del marido ya no alcanzaba. Millones de mujeres entraron al mundo laboral no por ideología, sino por supervivencia.
Al mismo tiempo, las familias comenzaron a reducirse. La campaña de “La familia pequeña vive mejor” fue transformando hogares de ocho o 10 hijos en familias de dos o tres. Menos cargas. Más tiempo. Más posibilidades.
Hoy las mujeres son ingenieras, presidentas y policías. En México, por primera vez en la historia, una mujer ocupa la Presidencia de la República. Lo que hace un siglo era impensable, hoy forma parte de la vida cotidiana.
Sin embargo, advierte el investigador, la brecha salarial persiste: para un mismo puesto, las mujeres siguen ganando menos que los hombres. Y en muchos hogares, la mujer trabaja jornada completa fuera de casa y regresa a cargar con las tareas domésticas que la historia le heredó.
“En los últimos 100 años el avance ha sido increíble”, concluye Recio Dávila. “Pero todavía hay cosas por hacer”.
María Esperanza, entre las primeras cuatro mujeres en la policía de Saltillo
Quedó viuda siendo joven, con dos hijos que sacar adelante. Su padre llevaba años en la Policía Municipal de Saltillo y fue él quien la orientó y la impulsó a ingresar. Con esas dos razones, María Esperanza Vázquez Pérez a sus 29 añós cruzó la puerta de la corporación hace tres décadas y se convirtió en una de las primeras cuatro mujeres en integrarla.
El espacio que encontró era limitado por diseño. Las primeras mujeres no patrullaban ni hacían detenciones; atendían los teléfonos del 066, impartían cursos de educación vial en escuelas y fábricas. “Yo entré aquí y no había academia. Ahora ya hay más posibilidades que ellas se puedan defender más”, destaca.
La lógica era protegerlas. “Hay que cuidar a la compañera. Si pide un auxilio, los hombres deben estar ahí”, describe como el pensamiento que prevalecía. María Esperanza duró más de cuatro años en seguridad escolar, luego pasó a guardia, y así fue moviéndose entre áreas durante tres décadas, siempre en roles alejados de la operación en la calle.
Las mujeres que hoy ingresan pasan por academia, reciben formación en defensa personal y llegan a encabezar áreas operativas. María Esperanza las observa con satisfacción: “Hay unas que son muy decididas y valientes, que dicen: yo le entro a todo”.
Hoy tiene 60 años, dos hijos, dos nietos y casi 31 años de uniforme. Envía un mensaje directo para quienes vengan después: “Vengan, que entren. Las mujeres tenemos capacidad para todo. Queriendo, se puede hacer todo”.
Salió a la calle para ganarse el respeto: Rosario Lomas, la única mujer que ha dirigido la policía de Saltillo
Cuando Rosario Lomas Salinas llegó a la Dirección de Seguridad Pública Municipal de Saltillo en 2006, lo hizo con una convicción clara: su condición de mujer no sería un límite, sino una forma distinta de liderar. Era la primera en ocupar ese cargo en la historia de la ciudad, al frente de una corporación integrada en su mayoría por hombres. Casi 20 años después, sigue siendo la única.
Lomas Salinas recibió una llamada del entonces alcalde de Saltillo, Fernando de las Fuentes. Le ofrecía la dirección de la Policía Municipal. Sabía que aceptar implicaba mucho más que aprender un nuevo trabajo: implicaba demostrar que una mujer podía estar al frente de la seguridad de una ciudad entera.
Lo habló con sus hijas. Les explicó las implicaciones: que si alguna de ellas cometía una infracción, no habría preferencias. Ellas la apoyaron. Aceptó. Y desde el primer día, definió su estrategia: estar presente. “Implementé operativos los viernes, sábados y domingos, e iba con ellos”, cuenta Rosario. “Eso fue lo que me ganó el respeto de la corporación.”
La corporación que recibió tenía mayoría absoluta de hombres. Nunca la hicieron sentir menos, dice. La protegían como alto mando, la respetaban. “Jamás me hicieron sentir menos”, pero el respeto, aclara, también se construyó en los operativos nocturnos del fin de semana.
“Siento que las mujeres somos más cuidadosas, más acuciosas y sobre todo tenemos la gran ventaja que vemos todo y lo analizamos de manera conjunta”, expresa.
Desde su gestión, otras mujeres han ocupado cargos directivos en corporaciones de otros municipios de Coahuila como San Pedro y Acuña. La silla de la dirección en Saltillo, sin embargo, no ha vuelto a tener una mujer al frente. Rosario dice que eso tiene que cambiar. “Hay que seguir luchando por ocupar espacios. Y saber que tenemos los mismos derechos que los hombres, que tenemos dignidad, y jamás dejarnos pisotear por nadie”.
Mujeres 4×4: Mildrette y el Agrupamiento Violeta que enfrenta la violencia familiar en Saltillo
Cada semana, alrededor de 200 llamadas de auxilio por violencia familiar llegan al Agrupamiento Violeta de la Policía Municipal de Saltillo. Detrás de cada una hay una mujer asustada, muchas veces a punto de retractarse. Y del otro lado de la línea, o tocando la puerta, hay otra mujer que sabe exactamente lo que se siente.
Lucía Mildrette Gómez Sosa tiene 35 años, cinco en la corporación y es titular del agrupamiento desde su creación en marzo de 2021. Antes de ser policía, operó el sistema de emergencias 911 durante siete años. Antes de eso, su vida estaba completamente alejada del ámbito de la seguridad pública, dedicada a actividades que muchos considerarían tradicionalmente femeninas.
Nada en su trayectoria parecía apuntar hacia aquí. Excepto una cosa. “Como todas las mujeres, en algún momento de mi vida sufrí violencia. Haber pasado por eso me dio las bases para hoy poder ayudar a una mujer que está siendo violentada”, comparte.
El Agrupamiento Violeta no es una patrulla más. Fue creado con un propósito específico: atender la violencia familiar con perspectiva de género y atención especializada. Hoy lo integran alrededor de 30 elementos, 20 mujeres y 10 hombres, con roles claramente definidos: mientras los compañeros se encargan de contener al agresor —frecuentemente en estado de ebriedad y con alta agresividad—, las mujeres se dedican a la contención emocional de la víctima.
La fórmula ha funcionado. La gente ya los identifica, los pide, confía en ellos. El modelo se ha replicado en otros municipios y otros estados.
Detener al agresor es parte del trabajo. Pero el mayor desafío, dice la titular del Agrupamiento Violeta, es otro: lograr que la víctima acepte la ayuda. Porque así como hay mujeres que se dejan auxiliar, hay otras que no quieren, que minimizan lo que vivieron, que regresan. Frente a eso, el protocolo va más allá de lo policial: resguardar a los hijos, crear un ambiente de confianza, acompañar a levantar la denuncia, trazar una ruta de seguimiento que puede llevar a un refugio, a atención médica o a un centro de empoderamiento.
Atender 200 reportes semanales de violencia tiene un costo emocional. Mildrette no lo niega. La estrategia del agrupamiento incluye retroalimentación entre compañeros al terminar cada jornada y terapia psicológica periódica. “Lo más importante es desahogarnos entre nosotros para no llevarnos los casos a casa”, explica.
Y luego agrega algo que resume bien a estas mujeres: “Son madres, son esposas, hacen perfectamente su trabajo y al terminar se van a atender a su familia. Son mujeres cuatro por cuatro”.
Su mensaje para quienes viven violencia es directo: “Que no se queden calladas, que denuncien. Hoy hay un agrupamiento que las respalda y muchas estrategias para que puedan vivir una vida libre de violencia. Hay líneas donde pueden pedir ayuda, centros de empoderamiento y muchas formas en las que podemos apoyarlas. No minimicen ninguna conducta violenta: denuncien siempre.”
Y para quienes piensan en ser parte de una corporación: “Es un trabajo muy complicado, pero a la vez muy satisfactorio. Y a todas las mujeres que quieran pertenecer, las invitamos a unirse”.
