Camino a Valinor
Después del informe comienzan las cuentas
Por José Inocencio Aguirre Willars
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches…
Cada septiembre, México escucha una narración sobre sí mismo.
Desde Palacio Nacional, el gobierno presenta cifras, enumera obras, destaca avances y explica el rumbo que, desde su perspectiva, sigue el país. Al mismo tiempo, la oposición señala ausencias, cuestiona resultados y ofrece una versión completamente distinta.
Entre ambas narraciones quedamos los ciudadanos.
El pasado 1 de septiembre, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó su Segundo Informe de Gobierno y entregó al Congreso el documento que establece el artículo 69 de la Constitución. Habló de economía, seguridad, bienestar, salud, educación y de los principales resultados de su administración.
Todo gobierno tiene derecho a explicar lo que ha hecho y a defender sus decisiones. También es natural que seleccione los datos que considera más favorables. Eso ocurre en México y prácticamente en cualquier democracia.
Pero informar no es exactamente lo mismo que rendir cuentas.
Informar es decir cuánto se hizo. Rendir cuentas es explicar qué se prometió, de dónde se partió, cómo se midió el avance, cuánto costó y qué falta todavía por cumplir.
Un buen discurso puede ordenar una historia y comunicarla eficazmente. La realidad, sin embargo, no cabe completa en un atril. Se encuentra también en los datos públicos, en las evaluaciones independientes y, sobre todo, en la experiencia cotidiana de las personas.
Por eso, después del informe comienza la parte verdaderamente importante: verificar.
Y esa responsabilidad no corresponde únicamente al gobierno. El Congreso debe analizar; los medios, contrastar; la oposición, argumentar; y nosotros, los ciudadanos, aprender a exigir evidencias sin convertir cada cifra en un acto de fe o de rechazo automático.
Porque desacreditar todo solamente por provenir del gobierno es tan poco riguroso como aceptarlo todo porque lo dijo la Presidenta.
Quizá una manera sencilla de evaluar cualquier informe —federal, estatal o municipal— sea formular tres preguntas: ¿qué se prometió?, ¿qué puede comprobarse? y ¿qué sigue pendiente?
Las respuestas no siempre serán cómodas para el poder, pero tampoco necesariamente confirmarán las críticas de sus adversarios. De eso se trata una democracia: no de elegir la versión que más nos gusta, sino de acercarnos con honestidad a la que mejor resiste la evidencia.
El informe termina cuando concluye el discurso. La rendición de cuentas comienza cuando la sociedad decide revisar los resultados.
Saludos a todas y a todos…
