Camino a Valinor
Cuando la democracia solo vale si ganas
Por José Inocencio Aguirre Willars
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
Hay una regla no escrita de la democracia que suele ser más importante que cualquier ley electoral: saber ganar, pero también saber perder.
La elección de hace apenas unos días en Coahuila dejó un mensaje difícil de ignorar. Más de la mitad de los ciudadanos inscritos en la lista nominal acudieron a votar para renovar únicamente el Congreso del Estado. No se elegía gobernador. No se elegían alcaldes. No existía una elección presidencial que arrastrara participación.
Y aun así, Coahuila registró la participación más alta de su historia para una elección de esta naturaleza.
La ciudadanía salió a votar. Participó. Se expresó. Y lo hizo de manera contundente.
El resultado no dejó espacio para interpretaciones complejas. Distrito tras distrito, región tras región, los coahuilenses refrendaron un modelo de gobierno que conocen, que evalúan todos los días y que comparan con lo que sucede en otras partes del país. Fue un respaldo al trabajo realizado desde el Gobierno del Estado, desde los municipios y desde quienes hoy representan a los ciudadanos en el Congreso local.
Sin embargo, frente a un resultado tan claro, Morena ha optado nuevamente por el camino que ya conocemos: cuestionar la elección, sembrar dudas sobre las instituciones y construir una narrativa de irregularidades que no corresponde con la magnitud de la derrota sufrida en las urnas.
La pregunta es inevitable: ¿qué tan democrático puede ser un partido que solamente reconoce los resultados cuando le favorecen?
La democracia no consiste en celebrar las elecciones que ganamos y descalificar las que perdemos. La democracia implica aceptar que la soberanía reside en los ciudadanos, incluso cuando su decisión no coincide con nuestros intereses políticos.
Lo preocupante no son las impugnaciones en sí mismas. Toda fuerza política tiene derecho a acudir a las instancias legales cuando considera que existen elementos para hacerlo. Lo preocupante es la actitud sistemática de desacreditar procesos completos cada vez que el resultado no es el esperado.
Es una práctica que hemos visto repetirse una y otra vez: se cuestionan árbitros, instituciones, autoridades electorales y adversarios políticos. El problema es que, cuando se desacredita permanentemente a las instituciones democráticas, también se termina desacreditando la voluntad de los ciudadanos.
Y ahí aparece uno de los mayores riesgos para cualquier democracia.
Los partidos democráticos entienden que el poder es temporal. Hoy se gana, mañana se pierde y después se vuelve a competir. La alternancia no es una amenaza; es parte esencial del sistema democrático.
Los movimientos con vocación hegemónica piensan distinto. Consideran que una vez alcanzado el poder, éste debe permanecer indefinidamente en sus manos. Cualquier resultado adverso deja de ser una expresión ciudadana para convertirse, según su narrativa, en una conspiración, un fraude o una irregularidad.
Por eso el mensaje de Coahuila tiene un valor que va mucho más allá de una elección local.
Los ciudadanos participaron masivamente. Evaluaron opciones. Compararon resultados. Y tomaron una decisión libre en las urnas.
La verdadera prueba de compromiso democrático no está en celebrar una victoria. Está en respetar una derrota.
Y en Coahuila, quien habló fue la ciudadanía.
Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.
