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16 de junio de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • junio 16, 2026

Si no estudias, no juegas

Emiliano Calvert

Hay frases que uno jura haber escuchado de su mamá un día de entrega de calificaciones, no de un director técnico.

“El que no estudia no juega.”

En cualquier casa del norte de México esa amenaza es peligrosa y conocida: primero la tarea, luego la pelota. Lo que nadie esperaba es que se volviera la regla de oro de un club de fútbol, y, de paso, el secreto guardado de cómo se construye una potencia desde cero.

Durante años, Ecuador fue un personaje secundario. No era Brasil, no era Argentina, ni siquiera aparecía en las pláticas importantes.

Hoy Moisés Caicedo, Willian Pacho, Piero Hincapié y Kendry Páez juegan en algunos de los clubes más grandes del planeta, y la selección llega al Mundial 2026 en el puesto 23 del ranking FIFA, el mejor de su historia.

La pregunta es obvia: si el talento es tan escaso como nos dicen, ¿por qué a Ecuador le sigue apareciendo tanto?

La respuesta es incongruentemente simple. Dejaron de esperar milagros y se pusieron a construir un sistema.

En 2007, un empresario llamado Michel Deller compró Independiente del Valle, un equipo de segunda división de Sangolquí, un pueblo más chico que algunas colonias de Saltillo.

No tenía historia, ni afición “culta”, ni presupuesto obviamente. Tenía una idea contraintuitiva: en lugar de salir a buscar al próximo crack, construir el lugar donde los cracks se fabrican.

Y para entender el milagro hay que ver el método.

Lo primero fue dejar de reclutar al tanteo y mapear el país por biotipos: detectaron que Esmeraldas es una fuente importante de defensores de físico imponente y agresividad táctica, que el Valle del Chota cría atletas con resistencia aeróbica y velocidad, y que en las canchas de cemento de Guayaquil se forjan los gambeteros, los técnicos criados en el fútbol de barrio.

Con ese mapa, se agarraron a abrir academias por todo el país (Galápagos incluidas para que no se les escapara nadie.)

Lo segundo fue contratar metodología, no nombres. Trajeron técnicos y especialistas españoles para ordenar la formación con prácticas europeas, le metieron ciencia deportiva de verdad (de ahí la termografía diaria para medir la temperatura muscular de las piernas antes de cada entrenamiento y evitar la lesión antes que aparezca) y levantaron dos estadios propios y un complejo de alto rendimiento en Sangolquí. La filosofía no traía letra chiquita: si quieres que sean los mejores del planeta, dales los mejores instructores, médicos e instrumentos.

Y encima, paciencia de la buena. Ningún juvenil se exporta antes de los 18, por más millones que pongan sobre la mesa, para que salga formado y no a medias; y cada venta millonaria (Caicedo, Pacho, Hincapié) se reinvierte en la siguiente camada.

La regla dorada que amarraba el proyecto: el que no estudia no juega. Educación obligatoria, escuela propia y hasta convenio con la Aspire Academy. No era frase de comercial; era verdaderamente una condición.

Los números terminaron siendo loquísimos. Hace ocho años Ecuador era el puesto 71, con una plantilla que no valía ni 80 millones de euros.

Hoy Transfermarkt la evalúa en más de 430 millones de dólares, con 24 de sus 26 mundialistas jugando en Europa y Caicedo convertido en el ecuatoriano más caro de la historia. Cuando una organización produce un caso de éxito, puede ser suerte. Cuando produce diez, difícilmente la suerte esté detrás de todo esto.

Lo verdaderamente inteligente vino después. La Federación, en vez de pelearse con quien estaba haciendo bien las cosas (Independiente del Valle), le copió el ADN.

Se llevaron la captación descentralizada, la infraestructura y la obsesión por el dato, y los volvieron política pública con el Plan Ecuador 3.0, una estrategia a doce años liderada por Francisco Egas y apoyada en fondos FIFA Forward.

Construyeron un centro técnico en Daule, proyectaron cientos de canchas a lo largo del país y digitalizaron hasta la venta de boletos para que las cuentas quedaran a la vista de todos.

De repente, de un día para otro, pasaron de depender de individuos a depender de procesos.

Y aquí va la parte que nos cuesta entender, porque nos gusta presumir al crack, al fenómeno, al que rompe récords, y nos da una flojera tremenda el sistema aburrido que lo produce.

Los sistemas son aburridos: no salen en casi ninguna portada, no levantan trofeos, no dan entrevistas. Construirlos toma años, y casi nadie aplaude al que pone la primera versión. Pero son los que, calladitos, terminan cambiando el juego.

Lo más humilde y lo más astuto que hizo Ecuador fue aceptar que no le iba a caer un Messi del cielo.

Así que, en vez de esperarlo sentados, pusieron la fábrica. No de futbolistas: de oportunidades.

Y tú que terminas el café con una duda: si la receta está a la vista de todos, y la aplicó un país más chico y con menos presupuesto que el nuestro… ¿qué estamos esperando?

A lo mejor nunca nos faltó talento. Tal vez sólo seguimos esperando el milagro en vez de ponernos a construir la fábrica.