Con-ciencia y sin corbata
El precio de llegar arriba
Emiliano Calvert
Hay una ironía cruel que circula hoy con menos frecuencia que los posts morados: en México, entre más sube una mujer en la escalera corporativa, más caro le sale el boleto.
No es metáfora.
Es aritmética.
La Radiografía de las Mujeres en el Trabajo 2026, publicada esta semana, confirma algo incómodo: México tiene la segunda brecha salarial de género más grande de América Latina, con una diferencia promedio de 16.6% entre hombres y mujeres. Sólo Chile nos supera, como si eso fuera algún tipo de consuelo.
Pero el dato que realmente debería ponernos alerta, no es el promedio.
Es lo que pasa conforme avanza la carrera.
En los puestos de entrada, la brecha ronda 8.6%.
Discreta. Casi invisible. Lo suficiente para que muchos digan: “no es para tanto”.
Pero cuando se llega a los puestos de liderazgo, el salto es enorme: 21.3%.
La desigualdad no está esperando arriba con los brazos cruzados.
Te acompaña en cada peldaño…
y cobra más en cada uno.
La ENIGH del Inegi lo dice con la frialdad de los números: en 2024, por cada peso que ganó un hombre, una mujer recibió 65 centavos.
Mismo trabajo.
Misma jornada.
Diferente sobre de nómina.
Para no quedarnos solo con la estadística, hagamos el ejercicio.
Imagina a Sofía y Carlos, ambos recién ascendidos a gerencia.
Sofía llegó antes que Carlos.
Tiene mejor promedio de licenciatura.
Y lleva tres años construyendo el área desde cero.
El día del ascenso, el organigrama los pone en el mismo cuadrito.
La nómina, no.
Y aquí viene otro dato que parece sacado de un experimento social: 73% de los hombres considera que en su empresa no existe brecha salarial alguna.
Carlos, muy probablemente, es uno de ellos.
Pero hay otra parte de la historia que nunca aparece en el Excel.
Ese mismo día, antes de llegar a la oficina, Sofía dedicó 5.5 horas a labores de cuidado: llevar niños al colegio, atender a un familiar mayor, coordinar la logística doméstica.
Carlos dedicó 2.2 horas.
Ese trabajo invisible no aparece en el PIB, pero sostiene buena parte de la economía real.
Y no termina ahí.
En México, 55.9% de las mujeres ocupadas trabaja en condiciones informales.
Sin seguridad social.
Sin cotización.
Sin pensión digna al final del camino.
Cuando llega el retiro, la diferencia vuelve a aparecer.
Las mujeres reciben 35.4% menos en pensión que los hombres.
Traducido:
por cada 100 pesos que jubila él, ella recibe 64.6.
La paradoja es que este mismo año entró en vigor, por fin con rango constitucional, el principio de “a trabajo igual, salario igual”.
La ley dice una cosa.
La nómina dice otra.
Hay algo profundamente incómodo en celebrar el 8 de marzo con discursos sobre equidad mientras los datos de la misma semana muestran que el problema está estancado.
Está creciendo conforme avanza la carrera.
No es un techo de cristal.
Es un techo que sube a medida que ellas suben, siempre un paso por encima de su cabeza.
Quizás el problema de fondo no sea de leyes ni de estadísticas.
Sea de percepción.
Si 73% de los hombres no ve la brecha, no necesariamente es porque no exista.
Es porque están del lado donde no duele.
Hoy habrá marchas.
Habrá publicaciones.
Habrá empresas que cambien su logo a morado.
Mañana habrá juntas de salarios.
Y la verdadera prueba de la igualdad no va a estar en los discursos.
Va a estar en la hoja de Excel donde se deciden los sueldos.
