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22 de enero de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • enero 22, 2026

El precio de la desconfianza

Por Emiliano Calvert

Hay días en los que el mercado parece un adulto funcional.
Analiza datos, descuenta escenarios, ajusta expectativas.

Y hay otros (como estos) en los que se comporta como grupo de WhatsApp después de una bronca:
nadie sabe bien qué pasó, pero todos reaccionan exageradamente.

Esta semana fue de esas.

Wall Street cayó y fuerte, el dólar perdió brillo, los bonos exigieron más rendimiento…
y el oro hizo lo que mejor sabe hacer cuando el mundo duda: romper récords.

No fue un accidente.
Fue desconfianza. Pura y dura.

Credibilidad.

Durante años, el mercado global operó bajo una premisa casi inamovible:
Estados Unidos es el ancla.
Podrá equivocarse, pero siempre corrige.
Podrá tensar, pero siempre estabiliza.

Hoy, esa fe está… dudosa.

El contexto volvió a cambiar: amenazas de nuevos aranceles, fricciones con Europa, declaraciones ambiguas sobre territorios estratégicos y una política exterior que el mercado ya no logra “modelar” en Excel.

Y cuando el mercado no puede modelar… se protege.

Por eso no sorprende que:

  • Las bolsas estadounidenses se hayan hundido en bloque.
  • Los bonos del Tesoro exijan mayores rendimientos (traducción: “confío menos”).
  • El dólar deje de ser el refugio automático.
  • Y el oro (ese activo viejo y aburrido) se vuelva el protagonista.

El oro no sube porque sí. Sube cuando nadie quiere improvisar.

El oro no promete crecimiento.
No genera flujo.
No innova.

Pero tiene algo que hoy vale oro (literalmente): certeza.

Cuando los inversionistas perciben que:

  • Las reglas pueden cambiar de un tuit a otro,
  • Las alianzas comerciales son frágiles,
  • Y la política pesa más que los fundamentals,

el oro aparece como ese amigo que no brilla, pero nunca falla.

Por eso rompió máximos históricos.
No por moda.
Por miedo bien justificado.

Europa, Asia y el mundo: nadie se salvó del susto

El nerviosismo no fue exclusivo de Estados Unidos.
Las bolsas europeas también cayeron, especialmente sectores sensibles al comercio internacional: automotriz, industria pesada, lujo.

Después vino el rebote técnico, claro.
Un “tranquilos, no pasa nada”… que dura lo que dura una declaración más o menos sensata.

Eso nos deja una realidad:
los mercados no están rotos, están hipersensibles.

Y la hipersensibilidad es señal de algo más profundo: falta de dirección clara.

Esto no es una crisis. Es un reacomodo.

No estamos frente a un colapso financiero.
No es 2008.
Ni 2020.

Es algo más sutil (y más peligroso):
un mercado que empieza a preguntarse si el centro sigue siendo el centro.

Cuando la confianza se empieza a ir, el capital se vuelve menos paciente, más defensivo y mucho más volátil.

Y ahí es donde el juego cambia.

¿Y cuál es el mensaje?

El mercado no está diciendo “todo va a explotar”.
Está diciendo algo más:

“Ya no confío ciegamente. Ahora quiero pruebas.”

Pruebas de estabilidad.
Pruebas de coherencia.
Pruebas de que las reglas no se reescriben constantemente.

Mientras eso no exista, el oro seguirá brillando, las bolsas seguirán nerviosas y cada declaración política tendrá impacto financiero inmediato.

En fin…

El dinero siempre huye del ruido…
pero corre todavía más rápido cuando el ruido viene del poder.

Hoy, el oro no está caro.
Está asustado.

Y cuando el activo más conservador del planeta se convierte en protagonista, no es porque el mundo esté creciendo…
es porque el mundo está dudando.

Y en los mercados, dudar es el primer paso antes de protegerse.