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16 de enero de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • enero 16, 2026

Desierto Rentable

Emiliano Calvert

Las Vegas no nació como “la capital mundial del entretenimiento”. Nació como nacen muchas cosas en el mundo real: por logística.

En 1905, el “cumpleaños” oficial de Las Vegas se celebra el 15 de mayo, cuando una compañía ferroviaria subastó terrenos (un pedazo de desierto con ambición) y la ciudad se consolidó como railroad town gracias a la conexión del San Pedro, Los Angeles & Salt Lake Railroad. En otras palabras: primero llegó el tren, luego llegó la gente… y luego llegaron las ideas.

Pero el verdadero plot twist no fue un casino. Fue el agua.

En plena Gran Depresión, Estados Unidos arrancó la construcción de la presa Hoover en 1931. El proyecto no solo levantó concreto: levantó una región. Trajo empleos, infraestructura, turismo curioso (sí, ya había “voy a ver la obra” como plan de fin de semana) y, con el tiempo, electricidad y el ecosistema de agua del Lago Mead que ayudaron a que el desierto dejara de ser solo desierto.

Y justo en 1931 Nevada dijo: “ok, el país está complicado… ¿y si hacemos esto?” Legalizó el juego y flexibilizó el divorcio (de seis meses a seis semanas de residencia). Eso convirtió al estado en un imán para turistas con ganas de apostar, casarse, separarse, o las tres cosas en el mismo viaje. Eficiencia, versión Nevada.

Luego vino el siguiente capítulo: el Strip como idea. La ciudad ya existía, pero le faltaba su “producto estrella”. En 1946 abre el Flamingo, empujado por Bugsy Siegel y socios, y se vuelve símbolo de una nueva Las Vegas: resorts grandes, glamour fabricado, y una narrativa de lujo en medio del polvo.

A partir de ahí, Las Vegas se construye como se construye una marca: por etapas y por obsesiones.

  • Primera etapa: rieles y subasta (ciudad funcional).
  • Segunda etapa: presa y servicios (ciudad posible).
  • Tercera etapa: juego + divorcios rápidos (ciudad deseada).
  • Cuarta etapa: resorts y espectáculo (ciudad vendible).

Lo que me fascina de Las Vegas es que no “apareció”. Se diseñó. No por un plan maestro, sino por una mezcla bien humana: necesidad, oportunidad, reglas hechas a la medida, y una industria que entendió algo: en el desierto, la gente no busca naturaleza… busca escape.

Por eso Las Vegas no es solo neón. Es una lección de estrategia con tacones: cuando controlas tres cosas (infraestructura, flujo de gente y una promesa clara) puedes construir una ciudad donde antes no había nada.

Y sí: suena muy romántico decir “la ciudad de los sueños”. Pero la verdad es más divertida: Las Vegas es la ciudad que se construyó con un tren, una presa y un estado que se atrevió a decir “aquí venimos a hacer dinero… y a reiniciar vidas”.