Apropiarnos I
CYNTIA MONCADA
La historia de mi pueblo está atravesada por las vías del ferrocarril y no se puede entender sin el ruido de los trenes ni las historias que viajan en él; pero hay una en particular que me persiguió durante toda la infancia, porque me daba miedo y curiosidad en la misma proporción.
Es una historia llena de palabras que los adultos susurraban a cuentagotas, sobre todo cuando se acercaban al final: Desde entonces –decían– el alma de la mujer merodea el puente y sus desgarradores gritos retumban al compás de la música del tren…
La gente conoce ese puente con el nombre de la protagonista de la leyenda, pero no Ángeles, como fue su nombre en vida, sino La Difunda, como la llamaron después.
Hay muchas versiones de la historia, aunque la mayoría coincide en que se trata de una mujer –Ángeles– que engañaba a su marido porque no podía tener hijos, así que se encontraba furtivamente con otros hombres debajo de un puente del ferrocarril. Un día le contaron todo a Fortino, su esposo, pero cuando él se dirigió al lugar para descubrirla, alguien lo vio a lo lejos y le avisó: “¡Ahí viene Fortino!”. Ella se asomó para comprobarlo, pero no se dio cuenta que venía el tren.
Así Ángeles se convirtió en La Difunta, el personaje advertencia, el modelo que sirvió para que todas las generaciones que vinieron después aprendiéramos lo que le sucede a una mujer libertina que no respeta a su marido. “Su promiscuidad la llevó a la muerte” –dijo el conductor de un programa de leyendas–. Ella fue condenada a penar y Fortino, como premio, se volvió a casar y tuvo muchos hijos.
Así crecimos. Desde la mitología griega, la romana, las religiones, hasta los mitos fundacionales de los pueblos están llenos de historias de mujeres condenadas a penar o a jugar el papel antagonista de la historia por promiscuas, por enamorarse, por malas madres, por ser demasiado brillantes o por rebeldes.
Qué sería de nuestra historia colectiva si las referencias fueran más de liderazgo y menos de castigo; si hubiera menos difuntas y más guerreras.
Qué sería de nuestro imaginario si Ángeles se hubiera divorciado de Fortino porque no era feliz.
Qué tal si Ángeles lo hubiera descubierto a él; nadie hubiera hecho un escándalo y el alma libertina de Fortino no hubiera sido condenada a penar, su promiscuidad no lo hubiera llevado a la muerte. Seguramente, si los papeles se hubieran invertido, el alma de Ángeles de todas formas seguiría errante llorando por el engaño de su marido, porque la construcción de nuestra identidad se sostiene sobre el amor incondicional o la culpa.
Y nosotras crecimos con esas leyendas, pero hoy tenemos la oportunidad de apropiarnos de ellas y construir nuevos mitos. Sin duda hoy el alma de Ángeles es un poco más libre porque sabe que disfrutar de su sexualidad para nada es el inicio de una vida de penar, sino una puerta que conduce hacia otras formas de libertad.
