Con-ciencia y sin corbata

Impostor en traje: cuando el que menos se la cree… es el que llegó lejos”
Por Emiliano Calvert
¿Nunca te ha pasado que logras algo chido y en lugar de celebrarlo piensas: “¿Y si fue pura suerte?” Si es tu caso: bienvenido al club del síndrome del impostor. Más común de lo que crees. Y sí, afecta hasta CEOs.
El fenómeno: tú sí, pero no tan tú
Según Korn Ferry, el 71 % de los CEOs en EE.UU. han tenido flashes de “no merezco esto” en su carrera. Y entre mandos medios, el porcentaje de duda ronda el 65 %, mientras que uno de cada tres colaboradores también vive esa bronca interna.
No es algo rarísimo; un metaanálisis muestra que incluso grandes figuras profesionales han experimentado el fenómeno del impostor desde hace décadas. Pauline Clance lo identificó en 1978, observando a mujeres con doctorado que, pese a sus títulos, sentían ser un fraude
Cómo se dispara en chamba y en casa
- En la oficina: el impostor aparece cuando ya estás ahí, como directivo, y te pregunta si de verdad sabes lo que haces. Ideal para cuando te promueven y lo primero que piensas es “¿y este error cuándo explota?”
- Entre amigos: si algo te funciona bien y alguien te elogia, tu voz interna se regresa: “sí, ojalá no noten que todo fue suerte”.
- Con la familia: el típico “ya eres grande, ¿y cómo le haces para estar dónde estás?” viene con culpa incluida: “si ellos supieran lo que pensé…”
Y la escala sigue… depresión, burnout y más
Esto no es sólo sentimiento pasivo. Profesionales y médicos en formación presentan más ansiedad, baja autoestima y riesgo de burnout cuando el impostor gobierna su mente.
También entre ingenieros en software, más de la mitad reportan este fenómeno. Mujeres y personas de grupos minoritarios especialmente lo sienten más (60 % versus 48 % de hombres), y afecta su bienestar emocional y productividad.
¿Y ahora qué? 3 pasos para callar ese impostor interno
- Nómbralo: dime “esto es el síndrome del impostor.” Separar el sentimiento del hecho te calma el rollo interno.
- Haz un “diario de logros”: escribe pequeñas victorias del día y valídalas. Tu cerebro necesita checks reales, no fantasmas.
- Comparte el rollo: saber que otros hasta tus mentores lo viven, ayuda a bajar el drama. Justice Gleeson, magistrada australiana, dice que aceptar nuestra vulnerabilidad nos vuelve mejores líderes, no más débiles.
En fin…
El síndrome del impostor es como ese compa incómodo en la carne asada: nunca lo invitaste, pero siempre aparece a recordarte que “igual y no mereces estar aquí”. La neta, todos lo tenemos sentado en la mesa alguna vez, hasta los CEOs de corbata cara.
La diferencia está en si lo dejas agarrar el micrófono o lo mandas a callar con un “ya siéntese, señor”. Porque sí, dudar está chido, te mantiene con los pies en la tierra… pero vivir creyendo que eres un fraude mientras firmas nóminas, cierras tratos o simplemente sacas la chamba, es casi tan ridículo como sentirte colado en tu propia casa.
Así que ya sabes: la próxima vez que el impostor te susurre al oído, respóndele con sarcasmo: “Pues sí, soy un fraude… pero uno que entrega resultados, paga la renta y hasta invita las cheves.