Con-ciencia y sin corbata
¿Casualidad o causalidad?
EMILIANO CALVERT
Últimamente Mercurio trabaja más que muchos de nosotros.
Si se te descompuso el carro: Mercurio retrógrado.
Si terminaste con tu pareja: los astros.
Si conociste a alguien en un aeropuerto, resulta que el universo los puso en el mismo vuelo.
Y si después de cinco años te encontraste a tu ex en un restaurante, definitivamente no fue porque ambos viven en una ciudad de 800 mil habitantes y frecuentan los mismos lugares.
Fue el destino.
No me burlo.
De hecho, me parece fascinante.
En los últimos años hemos visto un regreso bastante interesante de la astrología, el tarot, las energías, las manifestaciones y toda clase de explicaciones esotéricas para tratar de entender lo que nos pasa.
Y no es solamente percepción.
Una encuesta de Pew Research Center publicada en 2025 encontró que tres de cada diez adultos estadounidenses consultan astrología, horóscopos, tarot o adivinos al menos una vez al año.
¿Casualidad o causalidad?
Porque son dos palabras peligrosamente parecidas que explican el mundo de maneras completamente diferentes.
Casualidad significa que dos cosas sucedieron juntas.
Causalidad significa que una provocó la otra.
Y nuestro cerebro es bastante malo distinguiéndolas.
De hecho, existe un concepto en psicología llamado apofenia: nuestra tendencia a encontrar conexiones, patrones y significados incluso entre sucesos que pueden ser completamente independientes.
Tiene cierta lógica.
El cerebro humano está diseñado para buscar patrones.
Gracias a eso aprendimos que ciertas nubes anuncian lluvia, que determinado ruido puede significar peligro o que si el niño lleva veinte minutos demasiado callado probablemente está haciendo alguna locura.
El problema sale cuando encontramos patrones donde tal vez no existen.
Piensa en algo facilísimo .
Compras un carro rojo.
De repente empiezas a ver carros rojos por todas partes.
No aparecieron mágicamente después que firmaste el crédito.
Siempre estuvieron ahí.
Lo que cambió fue tu atención.
Algo parecido sucede con nuestras creencias.
Si alguien te dice que esta semana tendrás “un conflicto con alguien cercano”, probablemente terminarás encontrándolo o provocándolo .
Puede ser tu esposa.
Tu socio.
Tu hermano.
El señor que se metió en la fila del HEB.
Alguno va a cumplir la profecía.
Y cuando ocurra pensaremos:
“¡Sabía!”
Difícilmente contamos las veces que la predicción no se cumplió.
La psicología conoce bien este fenómeno: tendemos a prestar mayor atención a la información que confirma lo que ya creemos y a darle menos peso a la que lo contradice.
Esto no pasa solamente con los horóscopos.
Pasa en los negocios.
Pasa en las relaciones.
Y pasa muchísimo en política.
Cuando alguien está convencido que “X” gobierno es el mejor, cada dato positivo confirma su teoría y cada dato negativo necesita una explicación.
Cuando alguien está convencido que ese mismo gobierno es un desastre, ocurre exactamente al revés.
Los hechos son los mismos.
El enfoque cambia.
Incluso investigaciones recientes en psicología política han encontrado una relación interesante entre la sensación de falta de control, la incertidumbre y nuestra búsqueda de estructuras que nos devuelvan una sensación de orden.
Tal vez ahí está parte de la explicación de por qué estas ideas son tan atractivas.
Vivimos rodeados de incertidumbre.
Pandemias.
Guerras.
Inteligencia artificial.
Elecciones.
Mercados que suben y bajan.
Trabajos que desaparecen.
Y al ser humano nunca le ha gustado aceptar una respuesta bastante común:
“No sé”.
Preferimos una explicación.
Cualquiera.
Porque pensar que algo pasó “por algo” puede resultar mucho más tranquilizador que aceptar que algunas cosas simplemente pasan.
Pero también existe el peligro contrario.
Creer que absolutamente todo es casualidad.
Porque la causalidad no me convence que existe.
Si una empresa deja de escuchar a sus clientes durante cinco años y pierde mercado, probablemente Saturno tuvo poco que ver.
Si alguien duerme cuatro horas diarias, come mal y nunca hace ejercicio, ciertos resultados no deberían sorprender demasiado.
Si una relación lleva años acumulando pequeños problemas, probablemente el día que explota no fue “de repente”.
Muchas cosas que llamamos destino quizá son consecuencias que llevaban tiempo acumulándose .
Por eso la pregunta me gusta tanto.
¿Casualidad o causalidad?
No porque tengamos que elegir siempre una.
Sino porque obliga a pararnos antes de inventar una historia alrededor de lo que pasó .
Tal vez algunas coincidencias realmente sean extraordinarias.
Tal vez existan cosas que todavía no sabemos explicar.
La ciencia misma ha avanzado precisamente porque alguien decidió preguntarse por qué ocurría algo que parecía inexplicable.
Pero existe una diferencia enorme entre impresionarnos ante lo desconocido y utilizarlo para explicar absolutamente todo.
Podemos creer en señales.
Podemos disfrutar leer nuestro horóscopo.
Podemos pensar que algunas personas llegan a nuestra vida por alguna razón.
Hasta puede estar bonito hacerlo.
Lo peligroso empieza cuando el destino se convierte en una manera cómoda de quitarnos responsabilidad.
Porque entonces nuestros errores fueron energías.
Nuestras decisiones fueron los astros.
Y nuestras consecuencias fueron mala suerte.
Quizá no todo pasa por algo.
Pero casi todo lo que hacemos provoca algo.
Y entre casualidad y causalidad hay una pequeña diferencia de letras.
En la vida, la diferencia puede ser enorme.
