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2 de marzo de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • marzo 2, 2026

El martillo no tiene la culpa
Emiliano Calvert

 

Hace unos días, un hacker se sentó frente a su computadora e hizo algo que suena a serie de Netflix pero fue realidad: le pidió a una inteligencia artificial que actuara como “hacker de élite”.

No empezó con pasamontañas ni música dramática.
Empezó con prompts.

Le dio instrucciones en español para encontrar vulnerabilidades en sistemas del gobierno mexicano, generar scripts para explotarlas y automatizar la extracción de datos. La IA, en teoría, se negó al principio. Pero el tipo no se rindió. Ajustó el prompt. Le hizo creer que estaba participando en un programa de pruebas de seguridad.

Y funcionó.

Entre diciembre y enero, según reportó Bloomberg citando a Gambit Security, se habrían extraído alrededor de 150 gigabytes de información del SAT, el INE, gobiernos estatales como Jalisco, Michoacán y Tamaulipas, el Registro Civil de la CDMX y hasta el organismo de agua de Monterrey.

Estamos hablando de datos vinculados a 195 millones de registros de contribuyentes.

O sea, no es “información técnica”.
Es tu CURP.
Es mi RFC.
Es nuestra vida digital.

Anthropic (la empresa que se utilizo de IA) dijo que detectaron al usuario, bloquearon cuentas y reforzaron sus sistemas. El SAT, negó todo.

Y aquí es donde el país se parte como camino de terracería.

De un lado:
“La IA es peligrosísima. Hay que frenarla. Nos va a destruir.”

Del otro: los tecnológicos.
“La IA va a curar el cáncer, optimizar gobiernos, democratizar educación y resolver lo que tu ex no pudo.”

Ambos lados tienen razón.
Y ambos se equivocan cuando creen que la historia se acaba ahí.

Porque lo que pasó no es un problema de inteligencia artificial.
Es un problema de inteligencia… a secas.

La IA no inventó las vulnerabilidades.
No diseñó sistemas obsoletos.
No decidió posponer actualizaciones por burocracia.

La IA encontró puertas que ya estaban abiertas.
Solo lo hizo más rápido.

Un martillo puede construir una casa o romper una ventana.
Nadie demanda a la ferretería.

La inteligencia artificial es, probablemente, la herramienta más poderosa que hemos creado como especie. Y como toda herramienta poderosa, amplifica lo que ya somos.

Si eres médico comprometido, te ayuda a detectar enfermedades con una precisión quirúrgica (literal). En 2025, sistemas de IA alcanzaron niveles de acierto cercanos al 85% en diagnósticos complejos donde médicos experimentados rondaban el 20%. Eso no es ficción. Es estadística.

Si eres maestro en una zona rural sin recursos, te puede dar una plataforma educativa que antes era impensable.

Si eres creativo, te multiplica.

Y si eres delincuente… te hace más eficiente.

La pregunta no es si la IA es buena o mala. Eso es como debatir si el fuego es positivo mientras te comes un ribeye o ves el bosque arder en verano.

La pregunta es otra:

¿Estamos preparados (como país, como gobierno, como empresas) para convivir con herramientas que ya nos superan?

Porque la tecnología está avanzando a velocidad Fórmula 1.
Pero nuestra cultura de ciberseguridad va en camión de carga con llantas lisas.

Y ahí sí no hay algoritmo que te salve.

No se trata de frenar la innovación. Se trata de profesionalizar la infraestructura. De dejar de tratar la seguridad digital como un gasto opcional. De entender que en 2026 los datos son sumamente importantes.

La inteligencia artificial no tiene voluntad propia. Todavía no.
La voluntad sigue siendo humana.

Eso es lo más tranquilizador.
Y lo más aterrador.

Porque si el martillo no tiene la culpa, entonces la responsabilidad ya no es tecnológica.

Es nuestra.