Banner

El medio que cubre todo Coahuila

19 de marzo de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • febrero 26, 2026

Sin Proceso No Hay Show

Emiliano Calvert

Dicen que los amigos los pone la vida.
Y yo creo que es verdad.

Aunque a veces también los pone una carnita asada o una casualidad muy bien disfrazada.

La amistad, cuando es real, no sólo te acompaña: te nutre.
Te conecta con mundos que no sabías que existían.

Así fue como llegó a mi radar un gran tipo que encarna la palabra artista en su definición más completa: Tavo Guerras.

Podría pasarme horas contándoles del talento que tiene para dominar cualquier artefacto con cuerdas. Guitarra, bajo, lo que le pongas enfrente. Pero no porque haya nacido con un don misterioso que le cayó del cielo.

No.

Es por el esfuerzo.
La disciplina.
Las horas invertidas cuando nadie lo está viendo.

Eso es lo que separa a alguien que “toca un instrumento” de alguien que verdaderamente es artista.

La diferencia es enorme.
Es como comparar a quien calienta un sartén con quien realmente cocina.

Pero Tavo va más allá de sus manos sobre las cuerdas.

Con el tiempo y sin darse cuenta me enseñó algo que hoy valoro profundamente: un verdadero artista no sólo ejecuta, entiende. No sólo toca, cuestiona. No sólo interpreta, comunica.

Y eso es exactamente lo que está haciendo con su contenido.

Hace poco subió un video que me dejó pensando más de lo que me gustaría admitir.

Se metió a un terreno que pocos pisan con datos reales: la economía detrás de ser músico en México. Con cifras del Inegi y un análisis que ya quisieran muchos economistas de escritorio, lanzó una pregunta dura y a la cabeza:

Si hoy un vocalista quisiera vivir de la música regional mexicana, ¿qué tan viable sería realmente?

Ahí es donde se pone bueno.

Habla de Jorge Medina, quien ganaba alrededor de seiscientos pesos por evento cuando entró a una agrupación. En perspectiva con el salario mínimo de esa época, eso no era glamour. Era apuesta de vida. Era riesgo con deudas incluidas.

Después menciona a Julio Preciado con Banda El Recodo, ganando cerca de dos mil quinientos pesos por show en los noventa. Suena modesto hoy. Pero comparado con lo que el mexicano promedio percibía, eran varios salarios mínimos por concierto.

Nada fue instantáneo.
Nada fue automático.
Nada fue casualidad.

Lo interesante no es sólo la investigación.
Es la realidad que nos pone enfrente.

Vivimos en la era de la inmediatez. Scrolleamos la vida como si fuera un buffet infinito y nuestra atención no aguanta ni un minuto. Consumimos una canción en tres minutos sin preguntarnos cuántos años hubo detrás. Cuánta incertidumbre. Cuánta inestabilidad. Cuánto “¿y si no funciona?”.

Pasa exactamente lo mismo con los emprendedores.

Vemos la empresa funcionando.
El producto en el anaquel.
La oficina bonita.

Pero no vemos las noches sin dormir.
Los rechazos repetidos.
El miedo real de apostarlo todo sin garantía de nada.

Músicos y emprendedores son más parecidos de lo que pensamos.

Ambos crean desde cero.
Ambos arriesgan cuando el mundo les dice que busquen algo “seguro”.
Ambos viven de la pasión cuando la pasión todavía no paga la renta.

Al emprendedor le dicen visionario.
Al músico le dicen soñador.

Pero el sacrificio es el mismo.
Y la terquedad necesaria para no rendirse es idéntica.

Estamos intoxicados por el sentido de inmediatez.

Queremos resultados ya.
Dinero ya.
Reconocimiento ya.

La economía conductual lo llama sesgo del presente: preferimos poco hoy que mucho mañana. Y sin darnos cuenta, empezamos a medir el éxito por velocidad, no por profundidad.

Pero lo que vale no es inmediato.

Ni el arte.
Ni el emprendimiento.
Ni la maestría.

Antes de los miles por show hubo escenarios vacíos.
Antes del aplauso hubo silencio.
Antes del éxito hubo años invisibles.

La pregunta no es si tienes talento.

Es si tienes paciencia.
Si aguantas cuando nadie te ve.
Si soportas el proceso sin aplauso.

Porque acá en el norte lo entendemos fácil:

La carne buena no se cocina con prisa.
Se cocina con buena braza y tiempo.

Y el que no aguanta el proceso…
nunca prueba el resultado.