Con-ciencia y sin corbata
Más Fuerte Que el Expediente
Emiliano Calvert
Hay historias que no deberían existir.
Y sin embargo existen.
La de Gisèle Pelicot no es una metáfora. No es literatura. No es un símbolo fabricado por redes sociales. Es una mujer real que, durante años, fue víctima de una violencia sistemática y profundamente perturbadora organizada por quien debía protegerla. Cuando el caso explotó públicamente en Francia en 2024 y llegó a juicio en Aviñón, ella tomó una decisión que cambió por completo la conversación: renunció al anonimato. Dio su nombre. Dio su rostro. Y dejó claro algo: la vergüenza no era suya.
No quiero romantizar su historia. Lo que le hicieron es atroz. Es brutal. Es injustificable. Y merece indignación, justicia y memoria. Pero hay algo en su postura que trasciende el expediente judicial: su decisión consciente de no permitir que el horror se convierta en su identidad permanente.
En entrevistas posteriores y en el libro que surge tras el proceso, Pelicot habla de algo que descoloca: la búsqueda de felicidad incluso en los tiempos más difíciles. No como negación del dolor. No como optimismo ingenuo. Sino como acto deliberado de dignidad.
Ahí es donde su historia se vuelve profundamente humana.
Porque solemos pensar la felicidad como resultado: cuando todo está bien, soy feliz. Cuando el entorno es justo, soy feliz. Cuando el mundo coopera, soy feliz. Pero ella plantea otra cosa: la felicidad como decisión ética frente a la adversidad.
Esa postura convive con lo que escribió Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: al ser humano se le puede arrebatar casi todo, excepto la libertad última de elegir su actitud ante las circunstancias. También resuena con Edith Eger, quien insiste en que la libertad interior no depende del contexto, sino de la postura que adoptamos frente a él.
Pero en el caso de Pelicot no estamos hablando de filosofía abstracta. Estamos hablando de alguien que, después de una traición devastadora, decide no vivir desde el odio ni desde la vergüenza impuesta. Decide vivir desde la dignidad.
Y eso no significa suavizar lo ocurrido. Significa algo más complejo: reconocer la herida sin permitir que la herida dicte toda la narrativa.
En una época donde la exposición pública puede destruir o definir para siempre, su ideología es radical en su serenidad: no esconderse, no avergonzarse, no aceptar culpas ajenas y, aun así, seguir buscando momentos de felicidad.
Eso exige una fortaleza que no es ruidosa.
Es profunda.
Es admirable.
Nos recuerda que la felicidad no siempre es euforia. A veces es coherencia. A veces, es decir: “Lo que me hicieron fue monstruoso, pero no soy el monstruo de esta historia.”
Enorgullece la claridad moral con la que ha enfrentado su proceso. No porque el sufrimiento sea inspirador (porque no lo es) sino porque su postura demuestra que incluso después de lo irreparable, el ser humano conserva una capacidad sorprendente: elegir cómo seguir viviendo.
Y quizá ahí está la enseñanza más sensata de todas.
Buscar la felicidad en tiempos difíciles no es negar la oscuridad.
Es negarse a ser definido por ella.
