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17 de febrero de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • febrero 17, 2026

El impuesto invisible de decidir
Emiliano Calvert

 

La semana pasada estaba en la típica junta semanal.
Avances. Pendientes. Excel abierto. Café tibio.

Después de una hora tal vez hora y media…
uno del equipo le salió del corazón algo que genero un silencio instantáneo:

“Es que en mi antiguo trabajo no pasaba esto…
la incertidumbre.”

Se enmudeció el palenque…

No porque no supiéramos de qué hablaba.
Sino porque todos sabíamos exactamente de qué hablaba.

La incertidumbre es ese socio que nunca invitaste,
pero siempre se sienta en la mesa cuando hay que decidir algo importante.

Y lo curioso es que, como líderes, empresarios o simples mortales con responsabilidades, vivimos intentando reducirla.
Modelos financieros.
Proyecciones.
Escenarios A, B y C.
Dashboards con más colores que jersey alternativo.

Y aun así… ahí está.

El economista Frank Knight lo explicó hace casi un siglo:
no es lo mismo riesgo que incertidumbre.

El riesgo se puede calcular.
La incertidumbre no.

El riesgo es tirar un penal sabiendo que hay estadísticas.
La incertidumbre es decidir cambiar de trabajo, invertir en un proyecto nuevo o abrir una nueva línea de negocio… sin tener idea real de cómo reaccionará el mercado.

Y aquí viene lo interesante:
la incertidumbre no es una falla del sistema.
Es el sistema.

Nassim Nicholas Taleb lo puso más crudo con su teoría del “cisne negro”:
los eventos que realmente cambian el juego son los que nadie estaba modelando.

Nadie modeló una pandemia.
Nadie modela un proveedor que quiebra mañana.
Nadie modela que el talento clave decida irse justo cuando más lo necesitas.

Y aun así, seguimos esperando que el Excel sea una bola de cristal.

En el mundo corporativo pasa algo chistoso:
muchas veces la gente no renuncia por exceso de trabajo.
Renuncia por exceso de ambigüedad.

No es la carga.
Es no saber hacia dónde va el barco.

Por otro lado….

El liderazgo moderno no consiste en eliminar la incertidumbre.
Consiste en administrarla.

Daniel Kahneman demostró que el ser humano odia perder más de lo que disfruta ganar.
Por eso la incertidumbre pesa tanto: porque activa nuestra aversión natural a la pérdida.

Cuando no sabemos qué viene, imaginamos lo peor.

Y en equipos jóvenes (como los que muchos de nosotros participamos hoy) esa sensación se eleva.
Porque queremos velocidad.
Resultados.
Crecimiento.
Claridad.

Spoiler: claridad absoluta no existe.

En emprendimiento, en dirección, en inversión…
decidir siempre es apostar con información incompleta.

La diferencia entre un equipo maduro y uno frágil no es la ausencia de incertidumbre.
Es la capacidad de avanzar a pesar de ella.

 

En fin…

La incertidumbre no es una señal que algo esté mal, es la confirmación que estás tomando decisiones que valen la pena; no se trata de eliminarla (porque eso rara vez es posible) sino de medirla, estudiarla y aun así avanzar con criterio. Decidir con información incompleta no es imprudencia cuando hay análisis detrás, es valentía calculada. Los proyectos que realmente transforman equipos, empresas o vidas nunca vienen con garantía, vienen con margen de duda. Y justo ahí está la oportunidad: quien aprende a convivir con esa incertidumbre (sin negarla, sin dramatizarla, pero tampoco dejar que lo paralice) desarrolla una ventaja que no se enseña en ningún manual.

Porque al final, crecer no es esperar a que todo sea claro; es moverse con inteligencia cuando todavía no lo es.