Con-ciencia y sin corbata
Batistuta: cuando ganar también duele
Emiliano Calvert
Durante años, Gabriel Batistuta fue exactamente lo que todo niño quería ser.
Goles de todos los colores. Celebraciones con todos los reflectores . Ídolo en Florencia, respeto en Roma, estandarte de Argentina.
Un delantero que le pegaba al arco como pocos.
Éxito puro.
Del que se mide en gritos de estadio lleno y posters pegados en la pared.
Lo que no veíamos era el precio.
Años después de retirarse, Batistuta contó algo que incomodó a muchos:
no podía caminar.
Literal.
El dolor en las piernas era tan brutal que hubo momentos en los que pidió que se las amputaran.
No es metáfora.
No es dramatización.
Es el cuerpo cobrando la factura.
Durante su carrera jugó infiltrado incontables veces.
Con dolor.
Con microfracturas.
Con lesiones que, en condiciones normales, habrían parado a cualquiera.
Pero él no se detenía.
Porque el calendario no espera.
Porque el equipo te necesita.
Porque el ídolo no se puede permitir fallar.
Y porque seamos honestos el éxito acostumbra premiar al que aguanta más… no al que se cuida mejor.
El lado B del “échale ganas”
Nos enseñaron a admirar al que nunca se rinde.
Al que juega lesionado.
Al que sigue aunque duela.
Eso suena padrísimo en una biografía.
Pero en la vida real tiene consecuencias.
Batistuta no se arrepiente de su carrera.
Pero sí ha dicho algo bien claro:
nadie te prepara para el después.
El aplauso se acaba.
La camiseta se cuelga.
Y el cuerpo… se queda contigo.
En el mundo laboral pasa lo mismo, solo que sin estadio .
Maquiloco starter pack:
La gente presume jornadas eternas.
Burnout como medalla.
Dolores normalizados.
Ansiedad maquillada de “alta exigencia”.
Y todos aplauden…
hasta que te rompes.
El éxito que nadie postea
Nadie sube a LinkedIn la historia completa.
Nadie escribe: “logré el puesto, pero perdí la salud”.
Nadie presume el dolor crónico.
Pero está ahí.
Batistuta es el recordatorio de que el éxito también deja secuelas.
Que hay decisiones que funcionan a corto plazo y se pagan a largo.
Que no todo lo heroico es inteligente.
Y que a veces, saber parar es más valiente que seguir.
Para pensarlo antes de infiltrar tu vida
No se trata de no esforzarse.
Se trata de no romantizar el sacrificio sin límite.
Porque ganar no debería implicar destruirte.
Porque ningún logro vale perder el cuerpo, la cabeza o el alma.
Porque el verdadero reto no es llegar…
es llegar entero.
Batistuta fue un goleador histórico.
Pero su historia más poderosa no está en un highlight.
Está en esa frase que nadie quiere escuchar:
“Volvería a jugar… pero me habría cuidado más.”
Y talvez esa sea la lección que más necesitamos hoy.
