Con-ciencia y sin corbata
El año nuevo también oxida armaduras
Emiliano Calvert
Entre Navidad y Año Nuevo pasan cosas raras.
Los días se sienten flojos, el Whats vibra menos, nadie sabe bien qué día es y, por primera vez en meses, la cabeza tiene tantito espacio para pensar. No en pendientes ni en metas (eso vendrá después), sino en ideas que llevaban rato haciendo fila.
En una de esas me volví a topar con un libro que leí hace años y que regresó sin avisar: El caballero de la armadura oxidada.
Es un libro chiquito, fácil de leer, casi casi diría que es un cuento infantil. Pero no se dejen engañar. La historia es de un caballero tan obsesionado con “hacer lo correcto”, “cumplir su papel” y “ser el bueno”, que nunca se quita la armadura. Hasta que un día intenta quitársela… y no puede. La armadura ya no es algo que usa: ya es algo que es.
Y para quitársela no le sirve ni la fuerza ni el orgullo ni echarle más ganas. Le toca hacer lo difícil: verse de frente, aceptar miedos y soltar cosas que ya no le funcionan.
Pensaba en eso mientras cerraba el año.
Porque llegar a finales de diciembre se siente muy parecido. No llegamos hechos pedazos, pero sí cargados. Con decisiones que pesaron más de lo esperado, errores que dejaron aprendizaje (y cicatriz), y responsabilidades que empezaron siendo temporales y acabaron definiéndonos.
Sin darnos cuenta, nos vamos armando nuestra propia armadura:
la del “yo puedo solo”,
la del “todo bien”,
la del “así soy y así me tocó”.
Y ojo: no es una armadura mala.
En su momento sirvió.
Nos protegió, nos sostuvo, nos ayudó a avanzar cuando no había margen de error.
El problema no es usarla.
El problema es olvidar que se puede quitar.
Cada inicio de año viene con el mismo ritual: listas eternas, hábitos nuevos, metas ambiciosas, versiones mejoradas de nosotros mismos. Y está bien. Pero el libro propone algo distinto, más aterrizado: antes de sumar cosas, revisa qué ya te estorba.
Tal vez 2026 no arranca con la pregunta “¿qué más voy a hacer?”, sino con estas:
— ¿qué ya no necesito cargar?
— ¿qué papel sigo jugando solo por inercia?
— ¿qué parte de mí está más basada en miedo que en convicción?
El caballero no cambia de la noche a la mañana. Va avanzando poco a poco, entendiendo que crecer no siempre es hacerse más duro, sino a veces más ligero. Más honesto. Más consciente.
Y eso, para un inicio de año, es bastante motivador.
Porque empezar sin armadura no significa empezar indefenso. Significa empezar disponible. Disponible para aprender, para equivocarse mejor, para construir relaciones más reales y enfrentar los retos sin tanta rigidez.
2026 va a traer retos, claro.
Eso no está en duda.
Pero también puede ser el año en el que dejemos de pelear todo con armadura puesta.
El año en el que entendamos que no todo se gana resistiendo,
que no todo se soluciona apretando los dientes.
No más fuertes.
No más ruidosos.
Más conscientes.
Más ligeros.
