Camino a Valinor
El Santo Cristo y los recuerdos de una ciudad
José Inocencio Aguirre Willars
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
Hay fechas que no necesitan aparecer en un calendario para saber que llegaron. Basta con recorrer las hermosas calles del centro de Saltillo, sentir el movimiento de la gente, percibir el aroma de los antojitos mexicanos y escuchar el bullicio para entender que el Santo Cristo de la Capilla está nuevamente entre nosotros.
El centro de Saltillo fue mi segunda casa cuando era niño y esperaba estos días con una emoción difícil de explicar. Claro que el motivo principal era visitar la Catedral y pasar frente al Santo Cristo, pero confieso que la experiencia era mucho más grande que eso. Era caminar de la mano de mis papás entre los puestos, descubrir juguetes, probar un elote, unas gorditas, un pan de pulque o un algodón de azúcar, mientras las calles se llenaban de colores, música y familias enteras disfrutando la tradición.
Con el paso de los años entendí que aquello no era solamente una fiesta patronal. Era una expresión de lo que somos como ciudad.
En una época en la que pareciera que todo cambia demasiado rápido, el festejo del Santo Cristo nos recuerda que hay tradiciones que siguen teniendo la capacidad de reunirnos. Ahí coinciden quienes nacieron en Saltillo, quienes llegaron hace algunos años y quienes regresan sólo para estas fechas. Por unas horas todos compartimos el mismo espacio, los mismos recuerdos y, muchas veces, los mismos sabores.
Quizá eso sea lo más valioso de nuestras tradiciones. No solamente conservan una costumbre; conservan nuestra memoria. Nos permiten volver a ser niños por un instante, recordar a los abuelos que nos llevaron por primera vez, a los padres que nos tomaban de la mano entre la multitud y ahora, en muchos casos, convertirnos nosotros en quienes llevamos a nuestros hijos para que vivan la misma experiencia.
Cada generación construye nuevos recuerdos, pero el escenario sigue siendo el mismo. Ahí permanece la Catedral, las calles del centro, los puestos, los colores, las luces y esa atmósfera que solamente se siente durante estos días de agosto.
Más allá de cualquier creencia, el Santo Cristo de la Capilla forma parte de la identidad de Saltillo. Es uno de esos momentos que nos recuerdan que una ciudad también se construye con sus tradiciones, con las historias que se heredan y con los recuerdos que compartimos.
Ojalá nunca perdamos esa capacidad de encontrarnos alrededor de aquello que nos hace sentir orgullosos de nuestras raíces. Porque mientras existan celebraciones que unan a las familias y mantengan viva nuestra historia, Saltillo seguirá siendo mucho más que una ciudad: seguirá siendo un hogar lleno de memorias.
Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.
