En el Monclova de los años ochenta, un niño crece escuchando que algo malo habita en él. Su abuela, una mujer profundamente católica, intenta expulsar al Diablo mediante rezos, peregrinaciones y rituales. Él no comprende por qué sus gestos, su manera de caminar y sus gustos provocan tanta preocupación entre los adultos. Años después, el escritor coahuilense Humberto Vázquez Galindo encontraría en aquellos recuerdos la semilla para dar vida a su relato "El Diablo y yo nos entendemos". En el cuento, el protagonista termina por entablar una amistad con ese supuesto intruso al que su abuela quiere desterrar. La relación se convierte en un refugio para enfrentar las burlas, las agresiones y el rechazo que experimenta en la calle y en la escuela. Con humor negro e irreverencia, Humberto reconstruye una infancia en la que ser diferente se convertía en motivo constante de hostigamiento.El sentido de aquellas experiencias tardó décadas en hacerse evidente para el autor. La revelación llegó mientras veía un documental sobre terapias de conversión; en un inicio pensó que había tenido la fortuna de no pasar por algo semejante, hasta que comenzaron a aflorar las memorias de los rezos y peregrinaciones a los que lo sometía su abuela. En entrevista para Grupo Región, el escritor reflexiona sobre ese descubrimiento:“Me di cuenta de que mi abuela me había hecho sus terapias de conversión rancheras”, cuenta. Sin embargo, Humberto aclara que Chavela no es la villana de su historia. Considera que actuó movida por sus creencias, pero también por el temor de que su nieto enfrentara una vida hostil en una sociedad intolerante. El escritor recuerda que, durante su niñez, no tenía claro cómo definir su sexualidad y tampoco podía contar en casa la violencia que sufría en el entorno escolar y urbano.“Sí, claro, porque pues me hacían bullying; o sea, también de eso va el cuento, de que me hacían bullying, de que me decían joto, de que me querían pegar en la calle, de que los niños me perseguían, de que me aventaban pedradas”, relata.
Humor negro frente al rechazo Para Humberto, el humor negro es una trinchera frente a los entornos conservadores y opresivos. Por eso, su cuento no se limita a retratar el dolor infantil: construye a un personaje irreverente, capaz de reírse de las situaciones que lo rodean y de convertir al Diablo en parte de su propio universo. “Cuando eres una disidencia sexual y cuando vives en entornos muy opresivos, conservadores, como que lo único que te queda es el humor negro”, señala. El título de la obra rinde homenaje al poeta Jaime Sabines, autor del poema homónimo. A Humberto le interesó cómo Sabines humaniza la figura del Diablo para presentarla como una presencia cercana e incluso tierna, una mirada que le sirvió para tejer la complicidad entre el niño y el personaje al que su familia temía. Aunque la historia nace de vivencias personales, está profundamente arraigada en la identidad de Monclova: el calor del desierto, las calles de terracería, las bicicletas, la música popular y las cumbias texanas. Para el autor, estos elementos no son adornos de época, sino la esencia misma de los personajes y del mundo que retrata.
Contar el barrio Humberto comenzó a reconocer el valor literario de sus vivencias durante un taller de escritura testimonial y autobiográfica. Al compartir sus relatos, notó la reacción del público: silencios, risas y preguntas.“Me di cuenta de que mis historias personales valían la pena porque se hacía un silencio, luego se reían y luego querían saber más. Ahí dije: ‘Aquí hay material’”, recuerda. Esa experiencia le demostró que no necesitaba recurrir a escenarios lejanos para crear literatura. Mientras cursaba la licenciatura en Letras Españolas, observaba cómo otros autores ambientaban sus obras en ciudades desconocidas para ellos, mientras que él decidió apostar por narrar su entorno, su familia y la vida popular. “Yo veo la literatura como eso: contar el barrio, contar Monclova, contar el calor, contar Altos Hornos, contar la música, contar la cumbia”, explica. Su estancia en la Ciudad de México consolidó esa visión. En diversos talleres, sus historias sobre la infancia de un niño marica en el norte generaban gran interés por aportar una perspectiva distante de la literatura urbana tradicional. En esa voz narrativa resuena además la influencia de su madre y de su abuela, mujeres de campo que narraban con agudeza y gracia: “Si yo tengo un estilo, es de señora chismosa de rancho”, dice entre risas.
De Monclova al reconocimiento iberoamericano "El Diablo y yo nos entendemos" fue galardonado en el Concurso Iberoamericano de Cuento y Novela Elena Poniatowska Amor 2026, certamen convocado por la Fundación Elena Poniatowska Amor A.C., la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y Editorial Planeta. Para el autor, enterarse del resultado trajo consigo una mezcla de asombro y síndrome del impostor, al grado de esperar la publicación oficial para asimilar la noticia. En la entrevista, confesó la emoción que sintió al ver su obra representar a México a nivel internacional: “Ahora resulta que el jotillo anda representando a México”, expresa con el característico sentido del humor que atraviesa su narrativa.
El abrazo que no tuvo Al mirar atrás hacia el niño que fue en Monclova, Humberto tiene clara la certeza que le transmitiría: “Yo lo abrazaría y le diría: ‘Bebé, ánimo. Te la van a pelar’”. Las vivencias dolorosas terminaron transformándose en materia prima para la creación y en combustible para hacer del sufrimiento un objeto artístico. Esa transformación busca ahora resonar en otros. El autor confía en que sus relatos lleguen a quienes atraviesan por momentos de aislamiento, especialmente a las infancias que buscan espejos donde reconocerse.“Si un día llega a las manos de alguien que lo está pasando mal, que el libro sea ese abracito que yo no tuve”, concluyó.