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27 de agosto de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • agosto 27, 2026

La memoria de un país

Emiliano Calvert

Hace tiempo escuché una idea que me dejó pensando mucho.

Decían que para entender cómo funciona una empresa alemana, primero había que entender la historia de Alemania.

Al principio pensé que era una exageración.

Pero me puse a investigar.

Y resulta que…

Después de todo lo que vivió Alemania en el siglo XX, especialmente después del nazismo, el país construyó una enorme cantidad de contrapesos alrededor del poder.

No significa que antes no existieran movimientos obreros ni participación de los trabajadores. Claro que existían.

Pero después de la guerra quedó una obsesión institucional bastante entendible:

que demasiado poder nunca volviera a descansar tranquilamente en unas cuantas manos.

Y eso también llegó a las empresas.

En muchas compañías alemanas existe la Mitbestimmung, o cogestión.

Básicamente: los trabajadores tienen representación en los consejos de supervisión.

Imagínese la junta.

El dueño.

Los ejecutivos.

Los accionistas.

Y enfrente, los trabajadores.

Todos sentados en la misma mesa.

No porque sean amigos.

Sino precisamente porque no siempre lo sean.

La lógica se me hace interesante:

si una decisión afecta a muchos, tal vez no sea tan buena idea que uno solo pueda tomarla.

Ya entrado en esta idea, me acordé de Japón.

Guerra. Bombas atómicas. Destrucción. Terremotos. Tsunamis.

Y aun así, uno de los países que más identificamos con disciplina, orden y capacidad de reconstruirse.

Hay una parte de la cultura empresarial japonesa que me encanta: el kaizen.

Mejora continua.

No esperar el invento que cambie todo.

Mejorar poquito.

Todos los días.

Toyota convirtió esa filosofía en una de las formas de producción más estudiadas del mundo.

Y ahí encuentro algo muy japonés.

Cuando has tenido que reconstruir tantas veces, aprendes que levantarse no sucede de golpe.

Primero recoges una piedra.

Luego otra.

Y un día volteas y hay una ciudad.

Pero encontré otro ejemplo que me gustó todavía más.

Los Países Bajos.

Buena parte de su territorio ha tenido que convivir durante siglos con una amenaza bastante particular:

el agua.

Y el agua no respeta organigramas.

Si se rompe el dique, no importa quién es el director general.

Nos inundamos todos.

Por siglos, comunidades holandesas tuvieron que organizarse y ponerse de acuerdo para administrar el agua.

De ahí viene parte de su famosa cultura del consenso y el llamado polder model: sentarse a negociar entre personas con intereses distintos.

Porque había problemas donde no ponerse de acuerdo simplemente no era opción.

Me parece impresionante.

Hasta la geografía puede terminar educando a una sociedad.

Finlandia tiene otro ejemplo.

Una palabra difícil de traducir:

sisu.

Una mezcla de perseverancia, fortaleza y capacidad de seguir cuando todo dice que ya no puedes.

Quedó especialmente asociada con la identidad finlandesa durante momentos como la Guerra de Invierno contra la Unión Soviética.

Un país diminuto enfrentándose a uno gigantesco.

Y resistiendo.

Entonces pensé:¿y nosotros?

¿Qué ha aprendido México de México?

Porque vaya que tenemos historia.

Conquista.

Independencia.

Revolución.

Crisis.

Devaluaciones.

Terremotos.

Huracanes.

Violencia.

Pandemias.

Gobiernos buenos, malos y otros que mejor dejamos para otro artículo.

Pero también hemos construido cosas a partir de todo eso.

El terremoto de 1985 dejó una imagen impresionante: ciudadanos comunes quitando piedras, vecinos ayudando vecinos, personas convirtiéndose en rescatistas sin esperar nada a cambio.

Y creo que ahí hay algo muy mexicano.

Tenemos una capacidad impresionante para resolver.

Para improvisar.

Para ayudar.

Para hacer muchísimo con poquito.

El famoso:

“Ahorita vemos cómo, pero sale.”

Eso tiene un lado muy fregón.

Aunque también uno peligroso.

A veces somos tan buenos resolviendo emergencias que nos acostumbramos a vivir en emergencia.

Somos buenísimos apagando fuegos.

Quizá el siguiente paso sea aprender a no provocarlos.

Porque la historia también vive dentro de nosotros.

En cómo dirigimos.

En cómo confiamos.

En cómo hacemos empresa.

En cómo reaccionamos cuando las cosas salen mal.

Alemania aprendió sobre contrapesos.

Japón sobre reconstrucción y mejora.

Los holandeses sobre cooperación.

Finlandia sobre resistencia.

Y México también sigue aprendiendo.

Porque los tropezones de un país pueden convertirse en condenas que repetimos generación tras generación.

O pueden convertirse en experiencia.

Y esa segunda opción me encanta.

Podemos quedarnos nuestra solidaridad, pero agregarle prevención.

Nuestro ingenio, pero agregarle método.

Nuestra improvisación, pero agregarle planeación.

Nuestra capacidad para levantarnos, pero empezar también a preguntarnos cómo evitamos volvernos a caer.

Creo que un país no madura cuando olvida su historia.

Madura cuando aprende de ella.

Y viendo todo lo que México ha vivido, sobrevivido, construido y vuelto a construir, yo sí tengo esperanza.

Mucha.

Porque si algo demuestra nuestra historia es que sabemos levantarnos.

Ahora nos toca aprender algo todavía más importante:

construir de tal manera que las siguientes generaciones no tengan que levantarse de las mismas caídas que nosotros.