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11 de agosto de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • agosto 11, 2026

El control que te controla
Emiliano Calvert

 

Hay personas que necesitan tener todo bajo control.

La agenda.

La empresa.

Los hijos.

La pareja.

Las vacaciones.

El restaurante del fin de semana.

Y si pudieran, hasta el clima.

Lo chistoso es que muchas veces, mientras más intentamos controlar todo, más sentimos que todo se nos sale de control.

Esta semana, en una de las lecturas de la clase de Control II, estudiamos una nota técnica que, por el puro nombre, no parecía precisamente material para leer con mucha emoción : “La función directiva del control”.

Yo esperaba presupuestos, indicadores, desviaciones y uno que otro Excel de esos que te hacen cuestionar tus decisiones de vida.

Pero terminé pensando más en personas que en empresas.

Porque creo que controlar no necesariamente significa vigilar.

Y mucho menos estar encima de alguien todo el día.

La nota plantea, a grandes rasgos, tres formas de control.

La primera es controlar por resultados.

La lógica es bastante lógica : te digo qué espero, cuándo lo necesito y cómo vamos a saber si funcionó.

Cómo llegues es tu pex.

En una empresa puede ser pedirle a alguien “X”  meta de ventas sin decirle cuántas llamadas tiene que hacer, a qué hora hacerlas y hasta con qué tono saludar.

Pero en la vida hacemos esto todo el tiempo.

A un hijo puedes enseñarle que tiene ciertas responsabilidades sin convertirte en auditor de su recámara.

Puedes acordar ciertos gastos en pareja sin pedir factura y formato.

Hay un resultado esperado, pero también existe libertad para conseguirlo.

La segunda forma es el control de acciones específicas.

Aquí sí aparecen las reglas.

Hay cosas que simplemente no se hacen.

No manejar después de tomar.

No insultar durante una discusión.

No agarrar algo que no es tuyo.

No utilizar información confidencial.

Son límites.

Y los límites son necesarios.

El problema empieza cuando queremos ponerle reglamento absolutamente a todo.

A qué hora.

De qué manera.

En qué orden.

Con qué formato.

Quién autoriza.

Quién revisa al que autoriza.

Y quién firma que efectivamente revisó al que autorizó.

Entonces terminamos con empresas donde comprar un lápiz requiere tres firmas y familias donde para llegar media hora tarde parece que hay que solicitar una modificación al reglamento interno.

Y ahí aparece la tercera forma de control, que probablemente sea la más difícil :

confiar en las personas.

La nota lo llama control de personal.

La idea me gustó mucho.

Hay veces que simplemente no podemos adivinar.

Puedes crear reglas, manuales y procedimientos para mil escenarios.

El problema será el escenario mil uno.

Y ahí ya no sirve el manual.

Sirve el criterio.

En una empresa significa contratar bien, capacitar, comunicar qué se espera y construir una cultura donde las personas sepan tomar decisiones aunque el jefe no esté viendo.

En una familia pasa exactamente lo mismo.

Puedes ponerle cien reglas a un hijo.

Pero tarde o temprano estará frente a una situación que no estaba contemplada.

Y tú no vas a estar ahí.

Ese día no decidirá buscando la página 42 del reglamento familiar.

Decidirá con el criterio que haya construido.

Quizá educar tenga mucho que ver con eso.

No con lograr que alguien siempre haga lo que tú dices.

Sino con lograr que algún día pueda tomar una buena decisión sin preguntarte.

Y entonces llegué a la parte que más me puso a pensar:

el control perfecto no existe.

Siempre habrá errores.

Una mala contratación.

Un gasto innecesario.

Una decisión equivocada.

Un hijo que haga exactamente aquello que le dijiste 48 veces que no hiciera.

Normalmente nuestra reacción es agregar otro control.

Otro permiso.

Otra firma.

Otra regla.

Otra cámara.

Otro reporte.

Otro “a partir de ahora”.

Hasta que construimos una fortaleza tan sofisticada para evitar errores que también evitamos que alguien pueda moverse.

Porque controlar también cuesta.

Cuesta dinero.

Cuesta tiempo.

Cuesta velocidad.

Pero, sobre todo, cuesta confianza.

Y eso aplica incluso para nosotros mismos.

Queremos controlar el trabajo.

El dinero.

Los planes.

Las relaciones.

Lo que va a pasar mañana.

Lo que piensa el otro.

Lo que debería haber sucedido ayer.

Y hay cosas que simplemente no dependen de nosotros.

Eso no significa vivir improvisando.

Significa entender dónde vale la pena poner un resultado, dónde hace falta un límite y dónde necesitamos aprender a confiar.

En los demás.

Y también en nosotros.

Yo creo que el verdadero control no es tener una mano puesta sobre cada variable.

Creo que es  tener suficiente criterio para saber cuáles sí podemos mover y cuáles debemos aprender a soltar.

Porque querer tener todo bajo control suena bastante responsable.

Hasta que un día descubres que:

ya no eres tú quien tiene el control.

El control te tiene a ti.