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3 de agosto de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • agosto 3, 2026

El futuro tumbó la pared

EMILIANO CALVERT

Un domingo de los años ochenta, en Monclova, una grúa sostenía el futuro en el aire.

Colgando de los cables: un aparato del tamaño de un cuarto completo. En el segundo piso del edificio de Contralora Mexicana faltaba una pared entera. No era un accidente. La habían tumbado a propósito. Y abajo, una familia completa (hijos, nietos, sobrinos y todo el que cupiera) se quedaban viendo hacia arriba con la boca abierta.

El de la idea era Yuye Martínez, mi bisabuelo. Y lo que entraba por el hueco era una de las primeras computadoras de la ciudad. Probablemente la primera.

Yo me enteré de esta historia hace unos días, en una sobremesa, después de una semana en la que prácticamente desayuné, comí y cené tecnología. Mi papá era niño y le tocó estar ahí. Me lo contó como el amigo que te confiesa que vio aterrizar un ovni.

Y ojo: esa computadora funcionaba con tarjetas perforadas.

Tarjetas.

Perforadas.

Hoy hacemos berrinche si el celular tarda dos segundos en reconocernos la cara. Imagínense darle instrucciones a una máquina con un cartoncito agujerado. En esa época equivocarse no se arreglaba con “control Z”; se arreglaba, supongo, volviendo a llamar al de la grúa.

Pero lo que de verdad me impresiona no es el tamaño del aparato. Es el tamaño de la decisión.

Sin internet. Sin tutoriales. Sin videos de unboxing. Sin un sobrino que dijera “yo le sé”. Un empresario de Monclova compró una máquina que nadie entendía, tumbó una pared de su propio edificio para instalarla y (esto es lo que más me gusta) convocó a toda su familia para que lo vieran. No escondió el experimento. Lo convirtió en reunión familiar.

No lo veo como comprar tecnología. Lo veo como apostarle a un futuro que todavía no se deja entender.

Cuarenta y tantos años después, hablamos de inteligencia artificial, agentes autónomos y sistemas que ejecutan tareas sin que nadie les pique cada botón. Los términos cambiaron. La conversación, no. Sigue atorada en el mismo punto:

“Eso va a quitar empleos”.

“Eso es para las empresas grandes”.

“Mejor esperamos a ver qué pasa”.

“Nosotros siempre lo hemos hecho así”.

Y perdón, pero “siempre lo hemos hecho así” no es una estrategia. Es una manera de avisar que nadie quiere mover tomarse el tiempo de cuestionar y mejorar.

Seguro mi bisabuelo escuchó las mismas dudas.

La diferencia: no esperó a que se le quitara el miedo. El miedo ahí estaba. La pared también. Tumbó la pared.

Porque esa es la trampa que nadie dice: la tecnología nunca llega cuando uno ya se siente listo. Llega antes. Llega cara,  llena de defectos, cuando los expertos no se ponen de acuerdo y la mayoría prefiere ver que pasa desde la banqueta. Y después, cuando se vuelve indispensable, esa misma banqueta se llena de gente jurando que siempre supo que iba a funcionar.

Ahora, cuidado: tampoco se trata de meter inteligencia artificial a la empresa como quien compra caminadora en enero. Con mucha emoción, doce mensualidades y ninguna idea de dónde ponerla.

Comprar tecnología no es transformarse. Pagar una licencia no arregla procesos desordenados. Instalar un chatbot no convierte una mala experiencia en una buena. Y automatizar un desorden sólo produce caos más rápido (eso sí, con unas gráficas preciosas para la junta del lunes).

Mi bisabuelo no abrió la pared para presumir computadora. La abrió para usarla. Esa diferencia importa.

Hoy conozco empresas que quieren agentes de inteligencia artificial antes de saber quién autoriza una factura, dónde quedó el contrato, o por qué tres áreas capturan lo mismo en cuatro archivos llamados “FINAL”, “FINAL BUENO”, “FINAL AHORA SÍ” y “FINAL DEFINITIVO 2”. La inteligencia artificial puede muchísimo, pero milagros no hace: si le enseñamos desorden, automatiza desorden. Si le damos datos malos, entrega conclusiones malas con una seguridad que convence.

Por eso el reto no es aprender la herramienta. Es decidir qué muro nos toca tumbar.

A veces es el miedo. A veces la burocracia. A veces el ego del que lleva veinte años haciendo lo mismo y toma como ofensa personal que una máquina sugiera otra mejor opcion. Y a veces es la idea que la tecnología “es cosa de sistemas”, mientras el resto de la empresa trabaja como si el fax todavía estuviera calentando.

Vuelvo al domingo de la grúa, porque ahí está la carnita de esta historia.

Los niños que estaban abajo (mi papá entre ellos) no fueron a entender tarjetas perforadas. Nadie les explicó el manual.

Fueron a ver una actitud: la de alguien que le abrió espacio a algo que no entendía para nada, pero que intuía enorme. Esa escena no programó una computadora. Programó a una cultura de innovación dentro de la familia. Cuatro generaciones después, aquí estoy yo, desayunando, comiendo y cenando tecnología con la convicción que realmente es una herramienta poderosa.

Aquella máquina que necesitó grúa tiene hoy menos capacidad que el teléfono que traigo en la bolsa. Y algún día nuestros nietos se van a reír de nosotros: “¿en serio le escribían a la inteligencia artificial… tecleando?”. El futuro siempre convierte nuestra tecnología de punta en anécdota chistosa.

Lo que nunca convierte en anécdota es la decisión de haber llegado temprano.

Ese domingo el futuro entró a Monclova colgado de una grúa, por un hueco en la pared, frente a una familia entera. Hoy ya no necesita grúa. Ni albañiles. Ni siquiera permiso.

Así que el peligro no es que la inteligencia artificial venga a tumbarnos los muros.

El peligro es que nos queramos resistir a una realidad inminente.