Con-ciencia y sin corbata
Desorden artificial
Por: Emiliano Calvert
Hay empresas que todavía no encuentran la última versión del Excel, pero ya quieren meterle inteligencia artificial a todo. A ventas. A compras. A recursos humanos. A cobranza. Al servicio al cliente. Si se puede, también a la posada y a la vida sentimental del director. La idea parece ser algo así: si el negocio trae problemas, compre cien licencias de ChatGPT, organice un curso de dos horas, tómese la foto y anuncie en LinkedIn que la transformación digital ya llego a la empresa. Ojalá fuera tan fácil. Esta semana estoy en un programa enfocado en la incorporación de estrategias digitales y, como era de esperarse, la inteligencia artificial se apoderó de buena parte de la conversación. Escuchando a expertos que llevan años metidos en esto, uno empieza a dimensionar dos cosas: -lo enorme que es la oportunidad -lo rápido que se está moviendo. Uno de los expositores nos dijo algo que se me quedó grabado: hoy, la diferencia entre alguien que domina una herramienta de IA y un usuario común puede ser de apenas 6 meses. 6 meses. En otras disciplinas, la distancia entre el novato y el experto se mide en años, títulos, canas y muchas crisis existenciales. Aquí, medio año de práctica bien aprovechada puede ponerte muy por delante. O 6 meses de indiferencia pueden dejarte viendo cómo otros hacen en minutos lo que a ti todavía te toma una semana. El problema es que, en medio de tanta emoción, muchos están confundiendo una herramienta con una estrategia. Quieren “usar IA”. ¿Para qué? Pues para usar IA. Es como contratar a un chef francés sin saber si vas a abrir un restaurante o vender tacos afuera del estadio. Suena sofisticado, pero falta resolver un pequeño detalle: qué problema quieres solucionar. La inteligencia artificial tampoco llegó ayer. En 1950, Alan Turing ya planteaba la pregunta de si las máquinas podían pensar. El término “inteligencia artificial” se invento en Dartmouth en 1956, hace setenta años. En 1997, Deep Blue, de IBM, derrotó al campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov. Y durante años hemos convivido con sistemas que filtran correos basura, recomiendan películas, trazan rutas o detectan compras sospechosas. Lo que cambió con el lanzamiento público de ChatGPT, el 30 de noviembre de 2022, no fue el nacimiento de la IA, sino su acceso: de pronto cualquiera podía platicar con ella sin saber programar. Y ahí comenzó lo fregón. Como responde rápido, escribe bonito y rara vez tartamudea, parece que sabe de todo. Pero no entiende como una persona ni conoce por arte de magia la operación de tu empresa. Estos modelos encuentran patrones y generan respuestas a partir de la información y el contexto que reciben. También pueden inventar información y aventarla con una seguridad, envidiable. La IA es poderosísima. Pero no es adivina, ni consultora, ni psicóloga (es impresionante el uso que hoy en día el ejecutivo le da en psicología a la IA). Y mucho menos es una señora que llega a ordenar el cajón donde llevas quince años aventando facturas. Yo la imagino como un Ferrari. La empresa es el camino. Si esta revolución te agarro con procesos documentados, sistemas conectados, responsabilidades claras y datos limpios, acabas de recibir un carro de último modelo en una autopista recién pavimentada. Vas a automatizar tareas, detectar patrones, anticipar problemas y tomar decisiones a una velocidad que no habías visto antes. Pero si te encontró con siete Excels que dicen “final”, “final bueno”, “final ahora sí” y “final definitivo 3”; con información regada entre correos, libretas y la USB de la persona que lleva 20 años en la empresa, entonces compraste un Ferrari para meterlo a la terracería. No importa cuánto aceleres. Vas a brincar más rápido. Antes de preguntar qué herramienta comprar, habría que responder preguntas mucho menos tecnologicas: ¿Qué problema queremos resolver? ¿Qué información necesitamos? ¿Dónde está guardada? ¿Quién la captura? ¿Es confiable? ¿Qué proceso estamos intentando mejorar? ¿Y cómo sabremos si realmente mejoró? Comprar tecnología sin ordenar la operación no vuelve inteligente a una empresa. Sólo digitaliza sus mañas. La IA no corrige una mala cultura, una estrategia confusa o un proceso inútil. Los amplifica. Si tu empresa es ordenada, puede multiplicar el orden. Si es caótica, puede producir caos a escalas más grandes, con gráficas bonitas y respuestas redactadas en tres segundos. La pregunta, entonces, no es cómo meterle inteligencia artificial a la empresa. Es si la empresa está lista para que algo inteligente este en ella. Porque una cosa es comprar tecnología y otra muy distinta darle algo con qué trabajar. La IA no va a encontrar procesos que nunca documentaste, ni datos que guardaste en la libreta de don Chuy, ni una estrategia que sólo existe en la cabeza del dueño. La varita mágica no existe. Y el Ferrari tampoco hace milagros: si el camino está lleno de baches, no llegas más lejos; únicamente se te afloja la defensa más rápido. La buena noticia es que todavía hay tiempo para aprender, ordenar y pavimentar el motor.
