Con-ciencia y sin corbata
Confesiones de un rehén
Emiliano Calvert
En todo centro comercial hay dos tipos de personas: las que están comprando y las que estamos esperando.
Yo, además, pertenezco a un subgrupo más selecto: los que nunca en la vida hemos disfrutado esto. Hoy me tocó otra vez del lado de los que esperan, y para no perder la cabeza pedí un café, agarré el celular, y empecé a escribir esto para ustedes.
A mi izquierda, un señor de unos sesenta años se come un cono de nieve viendo a la nada. No ve a su esposa, no ve el celular, no ve nada.
A mi derecha, un papá moderno en TikTok con la concentración de un cirujano. Cada cierto rato levanta la cabeza, analiza el horizonte buscando a su esposa, no la encuentra, suspira, y vuelve al teléfono . Tiene tres bolsas en los pies y la mirada de quien ya aceptó su destino.
Yo soy el tercer espécimen del ecosistema: el que llegó con engaños. Porque a estas alturas de la vida uno ya debería haber aprendido que cuando alguien te dice “es una visita rápida,” lo que en realidad está diciendo es “prepárate”.
Confieso que vengo de una familia consumista. Y aun así (o tal vez por eso mismo) el shopping me parece una de las pérdidas de tiempo más normalizadas que ha inventado la humanidad.
Lo cual es decir bastante, considerando que también inventamos los grupos de WhatsApp para todo.
Mientras espero, decidí pedir un café y fantasear. Y me lo tomé en serio.
Imaginé estos enormes inmuebles (malls, outlets, plazas, centros comerciales) convertidos en otra cosa. Zoológicos. Parques. Acuarios. Museos dinámicos . Lugares donde, en lugar de ver a un señor probarse el mismo pantalón en cuatro tonos del mismo café, pudieras vivir una experiencia que valiera el viaje. Lugares donde tus hijos te dijeran “vamos otra vez” en lugar de “ya tengo hambre y odio la vida”.
Después la fantasía se puso responsable, porque uno ya tiene cierta edad. No quiero desaparecer las tiendas. Sé que la gente necesita zapatos, sartenes y veintitrés tipos de cojines decorativos. Mi propuesta es que evolucionen. Que se conviertan en showrooms: espacios pequeños donde puedas ir a conseguir el famoso “touch and feel”.
Tocar la tela. Ver el verde real, no ese verde que después llega a tu casa siendo otro verde completamente distinto. Probarte la talla.
Y luego comprar desde tu sillón, en pijama, sin que nadie te moleste.
Las marcas que ya conoces, en las que confías, las que sabes que cumplen ésas se compran en línea sin broncas. Y la realidad ya va para allá: según el Estudio de Venta Online 2026 de la AMVO, el comercio electrónico en México alcanzó los 941 mil millones de pesos en 2025, ya representa 17.7% de las ventas minoristas y nos puso en el octavo lugar mundial, por arriba de Estados Unidos.
Yo nada más estoy proponiendo que aceleremos el paso y nos ahorremos algunas tardes.
Claro, esto nos obligaría a ser consumidores más informados. ¿Aprender de telas, materiales, calidades? Probablemente sí. Y francamente, lo prefiero antes que pasar otra tarde viendo gente desfilando con bolsas y caras de “ya me quiero ir”.
En fin. Después de plasmar el odio que toda mi vida he cargado por estos días de compras, los dejo con esta fantasía a ver qué tan loca está.
Mientras la dan una pensada, yo seguiré en mi labor: buscando bancas con respaldo cómodo , sillones decentes y tiendas donde el aire acondicionado no esté muy fuerte.
