Con-ciencia y sin corbata
Feliz día del niño desde Gomi Gomi
Emiliano Calvert
Ayer el jardín de Santa Anita, en pleno centro de Saltillo, no parecía Saltillo.
Parecía otra cosa.
Más vivo.
Más ruidoso.
Más creativo.
Más de 250 niños de comunidades de General Cepeda estaban sentados en mesas largas, rodeados de cartón, tapas, alambres y pedazos de cosas que normalmente acabarían en la basura… armando robots.
Robots como sólo un niño puede imaginar.
La dinámica se llamaba RE-Creo.
Y pocas veces un nombre hace tanto sentido.
Llegamos 32 voluntarios (y lo digo en serio) igual de emocionados que ellos.
Pensando que íbamos a ayudar, a guiar, a enseñar…
pero en cinco minutos entendí que no.
Ellos no necesitaban dirección.
Necesitaban espacio.
La dinámica era fácil:
Un robot base en una cajita de cartón.
Y de ahí… lo que saliera.
Ese cartón se volvía pertenencia, “Mi robot”.
Crear la historia.
Creatividad.
Sin rollos forzados.
Sólo manos creando con lo que hay.
Ahí conocí a César Fernández de la Reguera Martín.
Un tipo que no sólo hizo un proyecto…
creó un universo.
Su colectivo se llama Gomi Gomi (“basura” en japonés)
y de ahí nace Roboto Roto: una especie de legión de robots construidos con desechos, que vienen de un futuro donde el mundo está completamente invadido por basura.
En su historia, esa basura no es el problema…
es la materia prima.
Es lo que da vida.
Es lo que construye.
Y esos robots (cada uno distinto) son parte de esa legión que encuentra valor donde todos los demás ya dejaron de ver algo.
Y cuando ves a 250 niños construyendo sus propios robots…
entiendes perfecto lo que quiso hacer.
No era una actividad.
Era una idea que iba más allá.
Platicando con él, me dijo algo que se me quedó muy grabado:
Su sueño era ver a 100 niños armando sus robots.
Cien.
En ese momento…
atrás de nosotros estaban formando a más de 250 niños, con sus robots listos, subiendo al escenario para la foto.
Hay sueños que se cumplen.
Y hay sueños que, sin darte cuenta, se te quedan cortos.
El patio se volvió un ecosistema.
Niños creando.
Papás metiéndose.
Voluntarios al pendiente.
Gente que pasaba… y se quedaba.
También me tocó coincidir con la Secretaria Esther Quintana Salinas.
Y la verdad, se agradece cuando este tipo de iniciativas tienen ese respaldo.
Porque el arte y la cultura no son “extra”.
No son relleno.
Son de las pocas cosas que realmente moldean cómo una comunidad piensa, imagina… y crece.
Y esto que pasó en Santa Anita no es menor.
Salí de ahí con una idea bien clara:
Nos preocupa mucho enseñarles a los niños cómo funciona el mundo…
pero se nos olvida no quitarles la forma en la que ellos lo ven.
Porque mientras nosotros hablamos de estrategia, procesos, presupuesto y cosas de adulto…
ellos agarran una tapa, un cartón y un pedazo de alambre…
y hacen algo.
Sin pedir permiso.
Sin miedo a que salga mal.
Sin complicarse.
A veces creemos que innovar es complicado.
Que necesitas más recursos, más estructura, más todo.
Y luego ves a un niño hacer un robot con basura…
y entiendes que el problema nunca fue lo que tienes.
Fue en qué momento dejaste de intentar.
Feliz Día del Niño.
Y ojalá (aunque sea de vez en cuando)
nos permitamos volver a crear
sin dar tantas explicaciones.
