Camino a Valinor
¡Venezuela!
Por José Inocencio Aguirre Willars
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
El sueño de todo pelotero, juego empatado a dos en la novena, hombre en segunda y en tus manos, traer a home la carrera del campeonato. El lanzamiento queda en el centro, conectas la bola y tu corazón acelera sus latidos como nunca lo habías sentido. La bola cae en el central, en medio de los dos jardineros y tu compañero de equipo pisa el home después de pasar volando por tercera. El sueño se convierte en historia.
Venezuela derrotó a Estados Unidos 3-2 en la final del Clásico Mundial de Béisbol y conquistó por primera vez el campeonato del torneo, en un juego dramático que se decidió hasta la última entrada. Un doble de Eugenio Suárez en la novena rompió el empate y terminó por inclinar la balanza en favor de la novena venezolana.
Pero lo que ocurrió anoche en el diamante fue mucho más que una victoria deportiva.
Fue, durante unas horas, una pausa luminosa para un país que desde hace tiempo vive momentos complejos. Venezuela ha atravesado años difíciles, marcados por tensiones políticas, crisis económicas y una profunda fractura social. Y, sin embargo, anoche millones de venezolanos encontraron en el béisbol un motivo para celebrar juntos.
Porque el deporte tiene esa extraña capacidad de suspender la gravedad de la realidad. Durante nueve entradas, los problemas parecen hacerse más pequeños, el ruido cotidiano se apaga y todo se reduce a un lanzamiento, un swing, una atrapada, una carrera.
Cada jugada parecía cargar algo más que la búsqueda de un campeonato. Cada carrera parecía llevar consigo la ilusión de un país entero. Y cuando llegó el último out, lo que se desató no fue solamente la celebración de un equipo, sino la emoción compartida de una nación que encontró en el béisbol un instante de orgullo y de esperanza.
Hay triunfos que se miden en estadísticas, en trofeos o en campeonatos. Pero hay otros que se miden en algo más profundo: en lágrimas durante un himno, en abrazos frente a una pantalla, en la sensación de que por un momento todos reman en la misma dirección.
El deporte no resuelve por sí solo las crisis de un país. Pero sí puede regalar algo que a veces escasea: alegría colectiva.
Y a veces, incluso una alegría breve puede recordarnos que todavía hay razones para creer en algo más grande que nosotros mismos.
Ayer el béisbol nos recordó precisamente eso: que a veces, durante nueve entradas, un país entero puede volver a sonreír. Estados Unidos llevó al campo a los mejores jugadores del mundo, Venezula llevó el corazón de todo un país.
Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.
