Banner

El medio que cubre todo Coahuila

13 de marzo de 2026
Close

Recent Posts

Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • marzo 13, 2026

Por: Emiliano Calvert
Vivir para arriba

 

Saltillo creció durante años como crecen casi todas las ciudades del norte: hacia los lados.

Un fraccionamiento aquí.
Otro más allá.
Otro todavía más lejos.

La lógica era simple: mientras hubiera terreno, la ciudad seguía estirándose como liga.

Pero toda liga tiene un límite.

En Saltillo ese límite se llama cerro, arroyo… o simplemente distancia.
Y cuando la ciudad ya no puede seguir creciendo horizontalmente, pasa algo que en otras partes del mundo descubrieron hace mucho tiempo:

empieza a crecer hacia arriba.

Hoy la vivienda vertical dejó de ser curiosidad arquitectónica y se está convirtiendo en tendencia urbana.

Ahí están los ejemplos.

Atmósphera 421, con 17 pisos y 95 departamentos al norte de la ciudad.
NorteW en Los Pastores, mezclando torres residenciales, oficinas y club deportivo.
Davisa, preparando un desarrollo de 50 hectáreas sobre Venustiano Carranza y Colosio con hospital, escuelas, comercio y vivienda vertical para 2026.
Parque Centro, que contempla seis edificios de hasta 23 pisos y cerca de 950 unidades habitacionales.

Esto ya no es experimento.

Es el nuevo mapa de la ciudad.

Y Saltillo no está solo.

A nivel nacional, entre 2017 y 2024 el inventario de vivienda vertical creció 213%.
En 2023, el 91% de los nuevos proyectos habitacionales en Ciudad de México fueron verticales.
Guadalajara pasó de 54 proyectos verticales en 2010 a 291 en 2023.

Para 2025, se proyectó que este segmento represento 46% del crecimiento inmobiliario del país, incluso por encima del industrial.

No es moda.

Es un cambio estructural.

 

¿Por qué ahora?

Porque varias fuerzas se juntaron al mismo tiempo.

Primero: el suelo se acabó.
O peor aún, se volvió carísimo.

Segundo: las preferencias cambiaron.
El millennial promedio prefiere 60 metros bien ubicados que 180 metros a 40 minutos del trabajo.

Tercero: el nearshoring.

Saltillo hoy recibe ejecutivos jóvenes, extranjeros o foráneos que llegan por la industria automotriz o manufacturera.
Muchos no buscan patio ni jardín.

Buscan ubicación, servicios y movilidad.

Y cuarto: la infraestructura urbana ya no aguanta más expansión periférica.

Más fraccionamientos lejos significan más tráfico, más agua, más drenaje, más transporte, más costo para todos.

Hasta aquí, todo parece perfecto.

Pero hay una pregunta que vale la pena hacer.

¿Para quién es esta verticalización?

Porque los departamentos que están llegando a Saltillo rondan entre dos y cinco millones de pesos.
El metro cuadrado en muchos de estos desarrollos ya supera los 35 mil pesos.

Un notario local lo dijo:

Hoy no hay proyectos de vivienda vertical popular en puerta.

La verticalización que está llegando a Saltillo (y en buena parte del país) está resolviendo el problema habitacional de un segmento muy específico:

El ejecutivo del nearshoring.
El profesionista soltero.
La pareja sin hijos con ingreso medio-alto.

Los demás siguen esperando.

El otro cambio: cultural

Hay otra cosa que casi nadie menciona, pero que pesa más de lo que parece.

El choque cultural.

Vivir en departamento en el norte de México no es solo cambiar de formato.

Es cambiar de mentalidad.

Durante generaciones, el símbolo del progreso aquí era bien claro:

Casa propia.
Patio.
Cochera doble.
Carne asada el domingo.

La vivienda vertical rompe ese ritual.

Implica renunciar a espacio privado para ganar ubicación y eficiencia urbana.

Y esa transición, aunque lógica, no es automática.

Las ciudades no cambian solo con cemento.

Cambian con mentalidad.

¿Vale la pena?

Sí.

Pero con matices.

La densificación bien hecha es probablemente la única respuesta racional para una ciudad que ya no puede seguir creciendo horizontalmente sin destruir zonas de recarga hídrica, sin alargar traslados o sin vaciar su propio centro histórico.

La vivienda vertical bien planeada ahorra agua, reduce infraestructura, disminuye emisiones y genera comunidad.

El problema nunca ha sido el modelo.

El problema es quién queda dentro del modelo.

 

Saltillo hoy está frente a decisiones interesantes.

La ciudad puede verticalizar con criterio.
Crear subcentros urbanos.
Mezclar vivienda, comercio y servicios.
Pensar en densidad sin perder calidad de vida.

Porque crecer hacia arriba no es solo una decisión arquitectónica.
Es una conversación sobre cómo queremos vivir la ciudad.

Las ciudades, al final, no se construyen únicamente con concreto.
Se construyen con hábitos, con cultura y con la forma en que las personas se apropian de los espacios.

Saltillo ya empezó a crecer hacia arriba.

Y eso, más que un problema, es una señal de madurez.

La verdadera pregunta no es qué tan alto llegarán los edificios.

La pregunta interesante es otra:

qué tipo de ciudad queremos ver cuando miremos hacia abajo.