Camino a Valinor
El problema de que todavía existan reglas
José Inocencio Aguirre Willars
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
A veces pareciera que, para muchos, en política el verdadero problema no es cometer una falta, sino que todavía exista alguien capaz de señalarla.
Esta semana, en Coahuila, el Instituto Electoral hizo algo que en cualquier democracia debería parecer normal: recordó que las campañas tienen tiempos, que la propaganda tiene límites y que la ley electoral sigue vigente incluso cuando alguien supone que ya no debería aplicarle.
La resolución fue clara frente a propaganda vinculada a Morena: no se puede recurrir a promoción anticipada, no se puede utilizar posicionamiento personalizado fuera de calendario y tampoco convertir el espacio público en una precampaña permanente disfrazada de comunicación política.
Sin embargo, bastó mirar algunos espectaculares para entender que el entusiasmo iba varios pasos delante de la norma. Ahí estaba el posicionamiento abierto de los aspirantes de la 4T, acompañado de una narrativa política cuidadosamente visible, como si la legislación electoral fuera más una recomendación administrativa que una obligación legal.
Pero quizá lo más ilustrativo vino después: lejos de asumir la resolución como corresponde, desde Morena se dejó saber que continuarán en la misma ruta. Una especie de novedosa interpretación democrática donde el árbitro pita, pero el jugador decide si la falta cuenta.
Y entonces uno entiende por qué los árbitros electorales se han vuelto tan incómodos.
Porque mientras exista alguien que diga “eso no se puede”, siempre habrá quien piense que la verdadera solución consiste en desaparecer a quien lo dice.
No es casual que desde el poder nacional se insista tanto en reducir presupuestos, debilitar organismos locales y replantear la existencia de estructuras electorales autónomas. Si el contrapeso incomoda, la tentación es sencilla: quitar el contrapeso.
Resulta curioso: durante años se habló de transformar la vida pública del país, pero cada vez que una institución cumple con poner límites, pareciera que la transformación ideal consiste en que ya no existan límites.
Afortunadamente, en Coahuila todavía existe un Instituto Electoral que recuerda que la ley no depende del humor político del momento.
Porque al final, una democracia no se debilita cuando un árbitro marca una infracción; se debilita cuando alguien decide que obedecerla es opcional.
Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.
