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12 de marzo de 2026
Opinión

Con-ciencia y sin corbata

Con-ciencia y sin corbata
  • marzo 12, 2026

El síndrome del impostor
Por Emiliano Calvert

 

Hay una historia que nos encanta contarnos.

La del genio sensible.

El del talento brillante, pero “asustado”.

El que logra cosas fregonas… pero dice que no las merece.

La contamos con ternura.

Con un poquito de orgullo disfrazado de humildad.

“Es que tengo síndrome del impostor.”

Suena profundo.

Suena de moda.

Suena LinkedIn-ready.

Mentira.

O peor: media verdad. Y las medias verdades son las más peligrosas porque vienen bien disfrazadas.

El síndrome del impostor sí existe.

Lo documentaron en 1978 las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes al estudiar a mujeres exitosas que atribuían sus logros a la suerte, al timing o al error ajeno.

Es real.

Es válido.

Es humano.

El problema no es sentirlo.

El problema es convertirlo en identidad.

Porque cuando lo vuelves tarjeta de presentación, ya no es síndrome.

Es sabotaje con buena excusa.

La versión elegante del miedo

Cuando Valentina (34 años, directora de operaciones, MBA colgado en la pared) dice antes de una junta:

“Es que yo tengo síndrome del impostor.”

Hay dos escenarios.

Uno: realmente siente que no pertenece ahí.

Dos: sabe perfectamente que sí pertenece, pero el miedo al juicio le es más cómodo disfrazado de autocrítica inteligente.

Spoiler: la segunda es más común.

Decir que dudas de ti mismo es socialmente atractivo.

Te hace ver humilde.

Reflexivo.

“No arrogante”.

Pero mientras construyes esa imagen de profundidad emocional, dejas de levantar la mano.

Dejas de pedir aumento.

Dejas de proponer lo que sabes que puede mover la aguja.

Y eso ya no es humildad.

Es miedo bien brandeado.

Mira el caso de Mike Cannon-Brookes, cofundador de Atlassian. Ha hablado públicamente de sentirse un fraude durante años.

La diferencia entre él y el godín brillante que usa el síndrome como freno permanente es simple:

Él actuó de todas formas.

El miedo no desapareció.

Solo dejó de ser la razón principal.

Lo poco cool que nadie quiere escuchar

La “cura” del síndrome del impostor es aburrida.

No hay magia.

No hay podcast que lo exorcice.

No hay retiro de mindfulness en Valle de Bravo que lo desaparezca.

Hay acción.

Acción repetida frente a la incomodidad.

Y evidencia acumulada que, con el tiempo, le gana al ruido interno.

Serena Williams perdió finales que no debía perder. Volvió.

Tom Hanks ha dicho que antes de cada película espera que alguien lo descubra como fraude.

Lleva más de cuarenta años “a punto de ser descubierto”.

Mientras tanto… sigue grabando.

La pregunta no es:

¿Cómo elimino este síndrome?

La pregunta real es:

¿Cuánto poder le estoy dando?

El verdadero movimiento

Deja de usarlo como rasgo de personalidad.

Deja de abrir reuniones diciendo “perdón si esto suena tonto”.

Deja de presentarlo como credencial de sensibilidad.

Porque cada vez que lo haces, te estás dando permiso para jugar chiquito.

Tienes el puesto porque alguien más inteligente que tu miedo decidió dártelo.

Tienes el proyecto porque tu historial habló cuando tú preferías callarte.

Tienes la silla en la mesa porque te la ganaste.

Aunque tu cabeza siga jugando en contra.

El síndrome del impostor no es señal de profundidad.

Es señal de que llevas demasiado tiempo escuchando al pensamiento equivocado.

Y mientras tú dudas si mereces estar en la sala…

Hay alguien menos preparado, menos capaz y consciente que tú, ocupando espacio sin cuestionárselo.

No porque sea mejor.

Sino porque decidió no negociar con sus miedos.

Ya es hora de cambiar de sala.

Y si te van a “descubrir”…

Que te descubran intentando.

No escondiéndote detrás de la silla.