Con-ciencia y sin corbata
El privilegio de decidir
Emiliano Calvert
Hay algo que no sale en los estados financieros.
No aparece en el EBITDA.
No se mide en ROI.
Pero determina el destino completo de una persona, una empresa o una región:
La capacidad de decidir.
Y no me refiero a elegir restaurante un viernes.
Me refiero a decidir cuando hay riesgo.
Cuando no tienes toda la información.
Cuando el Excel todavía no cuadra perfecto.
En México y especialmente en empresas familiares hemos romantizado la prudencia extrema.
“Espérate.”
“Vamos viendo.”
“No es el momento.”
Y cuidado: la prudencia es virtud.
Pero la parálisis disfrazada de prudencia es miedo con traje ejecutivo.
Porque decidir siempre tiene costo.
Lo que no decidir también.
El problema es que creemos que no decidir nos protege.
Y la verdad es que solo difiere la factura.
Decidir también es estrategia
Hay una diferencia brutal entre impulsividad y valentía.
El impulsivo salta sin ver.
El estratega analiza… y aún así salta.
La decisión estratégica no elimina el riesgo.
Lo administra.
Hoy el entorno está lleno de incertidumbre:
* mercados volátiles
* cambios políticos
* regiones industriales reacomodándose
* empresas reestructurándose
Pero la historia empresarial no la escriben los que esperaron certeza absoluta.
La escriben los que entendieron que la certeza total no existe.
El privilegio incómodo
No todos pueden decidir.
Hay gente que vive reaccionando.
Hay empresas que solo sobreviven apagando incendios.
Pero si tú estás en posición de elegir:
invertir o no invertir,
contratar o no contratar,
expandirte o quedarte cómodo,
tienes un privilegio.
Y el privilegio no es estabilidad.
Es responsabilidad.
Porque cada decisión tuya afecta empleo, familia, flujo, reputación.
Decidir es un acto silencioso que mueve más piezas de las que vemos.
El mito de la generación paciente
Antes se decía:
“La primera generación crea. La segunda expande. La tercera administra.”
Hoy ya no hay ese lujo de tiempos largos.
Hoy decides bien… o el mercado decide por ti.
La tecnología no espera.
La competencia no pide permiso.
El algoritmo no tiene nostalgia.
Y aun así, el miedo a equivocarnos nos puede volver espectadores de nuestra propia historia.
Lo que he entendido
He aprendido algo incómodo:
Las decisiones que más miedo me daban
han sido las que más me han enseñado.
No porque todas salieran bien.
Sino porque todas me hicieron crecer.
Decidir te expone.
Pero también te define.
En fin…
Mañana, cuando estés frente a una decisión que te incomode, pregúntate algo simple:
¿Estoy evitando decidir porque no es estratégico…
o porque me da miedo?
Porque el verdadero lujo no es tener certezas.
Es tener el carácter para avanzar aun sin ellas.
Y en estos tiempos personales, empresariales, regionales
no gana el que nunca se equivoca.
Gana el que decide.
