Con-ciencia y sin corbata
Conejo Malo con Buen Mensaje
Por Emiliano Calvert
El Super Bowl normalmente tiene tres protagonistas:
el juego, los comerciales… y el guacamole.
Este año hubo otro:
la cultura latina entrando con todo.
Bad Bunny no dio un discurso político.
No habló de ideologías.
No se peleó con nadie.
Y aun así… transmitió mucho.
Curioso, ¿no?
Porque a veces no hace falta gritar para decir algo.
A veces, el arte se encarga.
El arte como lenguaje diplomático
Mientras muchos esperan que los artistas “se definan”, él hizo algo más inteligente:
Expresarse.
En español.
Con estética latina.
Con símbolos familiares para millones de personas que normalmente ven estos eventos como invitados… no como protagonistas.
No fue confrontación.
Fue representación.
Y hay una diferencia enorme:
La confrontación divide.
La representación integra.
Eso, aunque suene romántico, también es estrategia.
Porque cuando la gente se siente vista,
se vuelve leal.
En política, en marcas, en liderazgo… y sí, también en música.
El gesto que dijo más que mil discursos
El momento del niño en el escenario no fue casualidad.
Fueron dos mensajes en uno.
Primero, la escena tipo boda latina: traje, celebración, ese instante donde alguien levanta al niño para que baile o participe.
Muy nuestro.
Muy de familia extendida.
Muy de “aquí todos cabemos en la fiesta aunque no sepamos bailar”.
Pero luego vino el detalle:
no era solo ternura… era futuro.
Porque, siendo honestos, los latinos todavía somos minoría en muchos grandes premios, reconocimientos globales y espacios de poder cultural.
Y cuando Bad Bunny le dice (sin decirlo) “tú eres el siguiente”, no está motivando solo a un niño:
Está normalizando la idea de que esos escenarios también nos pertenecen.
Sin discurso político.
Sin victimismo.
Sin sermón.
Solo arte haciendo lo que mejor sabe:
abrir puertas simbólicas antes de que existan las reales.
El poder político del arte… sin hacer política
Aquí entra la parte interesante:
No fue propaganda.
Fue identidad.
Y la identidad, bien llevada, tiene impacto político sin necesidad de discurso partidista.
Humanista, más bien.
Porque recordar que somos comunidad, que la diversidad suma y que el amor pesa más que el odio… debería ser sentido común.
Pero últimamente no es tan común.
En fin…
Vivimos una época rara:
Mucho discurso de inclusión…
pero poca tolerancia real.
Mucho ruido ideológico…
pero poca empatía cotidiana.
Y en medio de todo eso, llega un artista, canta, baila, celebra cultura…
y genera conversación global.
Sin debate televisivo.
Sin campaña.
Sin manifiesto.
Solo arte.
El odio normalmente grita.
El amor normalmente construye.
El odio busca enemigos.
El arte busca conexiones.
Y tal vez por eso algunos prefieren discutir el show…
en lugar de entenderlo.
Porque cuando el arte conecta,
nos enseña algo simple:
Que no somos tan distintos como creemos.
Y que, nos guste o no,
el futuro va a ser compartido.
Más diverso.
Más mezclado.
La pregunta no es si eso va a pasar.
La pregunta es:
Si lo vamos a resistir…
o lo vamos a celebrar.
Porque al final (aunque suene simple),
lo único más grande que el odio…
sigue siendo el amor.
Y ese, afortunadamente,
no necesita traducción.
