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  • febrero 5, 2026

Bad Bunny, el Súper Bowl y el Mundo

Por José Inocencio Aguirre Willars

¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
Mientras nuestro vecino del norte desde el poder impulsa políticas que endurecen fronteras, desconfían del exterior y buscan simplificar la realidad dividiéndola entre “nosotros” y “ellos”, el Súper Bowl ocurre como una paradoja difícil de ignorar. El evento deportivo más emblemático de los Estados Unidos se presenta hoy como un fenómeno cada vez más global, más diverso y más ajeno a la lógica del repliegue.
Ya no es solo un partido. Hay juegos oficiales y eventos previos fuera del país, audiencias internacionales que crecen año con año y una narrativa pensada para el mundo entero. El fútbol americano, símbolo cultural norteamericano por excelencia, dejó de ser exclusivamente doméstico. La economía, el entretenimiento y la cultura avanzan con una inercia propia, muy distinta a la de ciertos discursos oficiales.
Ese contraste se volverá especialmente visible en el medio tiempo. La elección de Bad Bunny no es casual. Aun cuando, en lo personal, no es un artista que disfrute, su música, su estilo y sus letras no son, ni cerca, de mi agrado, resulta imposible ignorar lo que representa. Es un símbolo para audiencias que históricamente han estado fuera de las tradiciones de la NFL: jóvenes, latinos, públicos no anglosajones. Su presencia en ese escenario no busca complacer al público tradicional, sino ampliar la conversación, y por cierto, la NFL tiene ya varios años haciendo esto con gran éxito, no está pensando en lo ganado, piensa en lo que puede ganar.
Pero regresando con el famoso Benito, más allá de la música, su figura ha servido para poner sobre la mesa debates incómodos sobre injusticias sociales, raciales y políticas. No desde el púlpito, sino desde la cultura popular, que suele ser más efectiva cuando se trata de cuestionar inercias y visibilizar realidades que muchos preferirían no ver.
Ahí está la lección de fondo. Mientras algunas políticas intentan cerrar el mundo, la sociedad lo abre. Mientras se levantan barreras desde el discurso, la cultura las cruza sin pedir permiso. Los organizadores del Súper Bowl, quizá sin proponérselo, pero muy seguramente con una agenda muy clara, nos recuerdan que las identidades no se decretan y que la diversidad cultural no es una amenaza, sino una condición del presente.
Y tal vez por eso el mensaje final es esperanzador. Porque, incluso en tiempos de polarización, siguen existiendo espacios donde millones pueden encontrarse, reconocerse distintos y, aun así, compartir algo en común. La política divide con facilidad; la cultura, cuando es auténtica, todavía tiene la capacidad de unir.

Y bueno, regresando al Súper Domingo, pronostico una clara victoria para el equipo de Seattle, ¿ustedes qué opinan?

Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.