Con-ciencia y sin corbata
Antes decidían. Hoy comparan
Por Emiliano Calvert
Hace días platicaba con una persona que es, más o menos, veinte años mayor que yo.
La conversación empezó como empiezan muchas: tacos de trompo, anécdotas, trabajo, vida.
En algún punto salió un artículo que había leído recientemente y que decía algo que hoy suena lógico, pero no siempre lo fue:
el comprador (o el tomador de decisiones) cada vez está más informado.
Ahí puso la mente a volar.
Empezamos a unir ese artículo con nuestras historias personales.
Contrastes generacionales. Ritmos distintos. Decisiones grandes.
Él, a sus veintes, con información limitada y sin un plan demasiado claro, tomó dos decisiones que hoy suenan como “life changer”: tuvo a su primer hijo y emprendió un negocio.
Sin consejos de “Chattie” (Chat Gpt).
Sin Excel.
Sin tiktoks de “cómo no arruinar tu vida financiera antes de los 30”.
Yo, a mis veinte, estaba en la universidad, empezando a entender cómo funcionaba el mundo laboral, aprendiendo a escribir correos sin sonar desesperado y pensando en cosas distintas:
qué carrera elegir, qué camino tomar, si cambiarme o no, si ese trabajo “valía la pena”.
Decisiones importantes, sí… pero de otro calibre.
Y ahí nació una reflexión interesante.
Antes, muchas decisiones se tomaban con poca información.
Hoy se toman con demasiada.
Antes comprabas un carro porque el mecánico de confianza decía que “salía bueno”.
Hoy ves 25 reviews en YouTube, comparas versiones, lees foros, checas recalls y terminas sin comprar nada porque “mejor espero el facelift”.
Antes alguien abría un negocio porque había una oportunidad y ganas.
Hoy analizamos mercado, competencia, margen, branding, redes sociales, funnels, CAC, LTV…
y seguimos dudando.
Antes alguien se casaba porque era lo que seguía.
Hoy analizamos compatibilidad emocional, estilos de apego, traumas, expectativas, red flags, green flags…
y a veces no damos el paso.
No se trata de decir que antes era mejor.
Ni de romantizar la improvisación.
Tampoco de criticar la preparación.
Se trata de pensar algo interesante:
pasamos de decidir con intuición a decidir con exceso de información.
Y ese exceso tiene dos caras.
Por un lado, nos permite tomar decisiones más conscientes, más informadas, más alineadas a lo que queremos.
Por el otro, nos puede llevar a: la parálisis por análisis.
Queremos el mejor momento.
La mejor opción.
La decisión perfecta.
Y mientras tanto, la vida sigue avanzando.
Confundimos estar informados con estar listos.
Y no siempre es lo mismo.
La generación anterior decidió muchas veces “a ciegas” porque no tenía alternativa.
La nuestra duda porque tiene demasiadas.
Tal vez el verdadero reto hoy no es informarnos más.
Sino saber cuándo ya es suficiente.
Cuando dejar de comparar, de simular escenarios, de esperar la señal perfecta…
y empezar a decidir.
Porque ninguna decisión importante viene con garantía.
Ni antes.
Ni ahora.
La diferencia es que hoy tenemos más datos.
Pero seguimos necesitando lo mismo de siempre:
criterio, responsabilidad y el coraje de hacernos cargo de lo que elegimos.
Eso, por más información que tengamos, sigue sin venir en Google.
