Con-ciencia y sin corbata
Aplauso prestado
Por Emiliano Calvert
Hay pocas cosas tan desgastantes como intentar cumplir expectativas que no son tuyas.
No pagan renta.
No dan bono.
Y, aun así, viven en tu cabeza como si fueran obligación contractual.
Desde chicos nos entrenan en eso:
“Sé lo que esperamos de ti.”
“Podrías dar más.”
“Con tu capacidad…”
Y sin darnos cuenta, empezamos a vivir como si la vida fuera un tablero donde otros ponen las reglas… y uno solo corre para no quedar mal.
El problema no es tener expectativas.
El problema es confundirlas con deber.
Expectativas familiares
Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, decía algo sumamente simple:
“Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.”
Muchas expectativas familiares nacen del amor, sí…
pero también del miedo, la proyección y las historias no resueltas.
El hijo que “debería ser ingeniero”.
La hija que “ya debería estar casada”.
El que “no puede fallar porque es el ejemplo”.
Y ahí ocurre algo llamativo:
el amor empieza a sentirse condicionado al desempeño.
Carl Rogers, uno de los padres de la psicología humanista, hablaba de la “consideración positiva incondicional”:
amar sin exigir que el otro sea algo distinto para merecerlo.
Cuando las expectativas familiares pesan más que la autenticidad, no se construye orgullo…
se construye culpa.
Y nadie saca lo mejor de sí desde la culpa.
Expectativas laborales
En el trabajo la cosa se disfraza mejor.
Aquí no se llaman expectativas, se llaman “áreas de oportunidad”.
Alain de Botton lo explica con un poco más de elegancia:
“Vivimos en una cultura que nos hace sentir que si no triunfamos, es porque no lo intentamos lo suficiente.”
Traducción:
si estás cansado, es falta de actitud.
si dudas, es falta de ambición.
si no escalas, es porque “te falta hambre”.
El problema es que muchas expectativas laborales no están escritas…
pero sí se castigan.
Responder mensajes a cualquier hora.
Estar siempre disponible.
Confundir compromiso con autoexplotación.
Y un día te das cuenta de que estás cumpliendo metas que no elegiste, para recibir validación que dura un instante.
La expectativa más importante
Aquí va la mejor parte:
sí necesitamos expectativas.
Pero propias.
No las que heredaste.
No las que te sugieren.
No las que “se ven bien”.
Las que nacen de preguntarte, con brutal honestidad:
¿Qué quiero yo sostener en el tiempo, sin romperme?
Porque vivir cumpliendo expectativas ajenas es eficiente…
pero no es vida.
Es administración del aplauso.
Y el aplauso se acaba rápido.
En fin…
No vinimos a cumplir el checklist emocional de nadie.
Ni de la familia.
Ni de la empresa.
Ni del algoritmo social que dicta a qué edad ya “deberías” ser algo.
No vinimos a vivir pidiendo permiso.
Ni a cargarnos sueños ajenos como si fueran propios.
Ni a pasar la vida intentando no decepcionar, mientras nos decepcionamos solos.
Las expectativas correctas no ahorcan:
marcan rumbo.
Te empujan hacia adelante, no te encogen.
Y cuando eliges las tuyas (con coraje, con miedo, pero con convicción) pasa algo peculiar:
las expectativas que no eran tuyas se caen.
Y las que sobreviven, pesan lo justo… porque las elegiste tú.
Porque al final, la única expectativa que importa
no es la que se aplaude afuera,
es la que te permite mirarte al espejo sin incomodarte.
Eso no viene en el currículum.
No da likes.
No siempre da bonos.
Pero es lo único que se parece de verdad
a vivir.
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