Camino a Valinor
Datos, poder y la libertad que no se ve
José Inocencio Aguirre Willars
¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean.
Hoy, un teléfono celular contiene más información personal sobre nosotros que nuestra propia casa. Estudios académicos han demostrado que con solo unos cuantos datos de ubicación y uso es posible identificar a una persona casi con total precisión. Nuestro celular sabe dónde estamos, con quién hablamos, qué consumimos, qué pensamos y cómo nos movemos por el mundo.
Vivimos conectados. El teléfono dejó de ser solo un medio para comunicarnos y se convirtió en una extensión de nuestra vida. Confiamos, tal vez demasiado, en que toda esa información está a salvo.
Por eso inquieta, y mucho, el debate que se ha abierto a raíz de las nuevas disposiciones en materia de telecomunicaciones. Bajo el argumento de la seguridad, la modernización o el combate al delito, se amplían las facultades para el acceso, almacenamiento y manejo de datos personales. El problema no es la tecnología; el problema es la ausencia de contrapesos claros y garantías reales.
Y no hablamos de riesgos hipotéticos. En México ya hemos visto cómo la información personal de millones de pensionados del IMSS, incluyendo datos sensibles, terminó expuesta y circulando ilegalmente. También se han documentado megabases con datos de ciudadanos mexicanos a la venta en foros clandestinos: padrones, historiales, registros que, una vez fuera de control, ya no pueden recuperarse.
Cuando los datos se concentran, el riesgo crece. Cuando la supervisión es débil, el abuso se vuelve tentación. Y cuando la ciudadanía guarda silencio, la normalización hace el resto.
No se trata de paranoia ni de oponerse al avance tecnológico. Se trata de entender que la privacidad no es un lujo, es un derecho. Y los derechos, cuando se entregan poco a poco, rara vez se recuperan completos. Hoy puede parecer irrelevante que alguien sepa dónde estamos o con quién hablamos; mañana puede ser la base para decisiones, presiones o controles que ya no podamos cuestionar.
Tal vez el mayor peligro no está en una ley, sino en la resignación. En asumir que “no pasa nada” porque “no tenemos nada que ocultar”. Esa lógica es peligrosa. La libertad no se mide por lo que escondemos, sino por lo que no deberían tener derecho a vigilarnos.
Alertar no es exagerar. Es ejercer responsabilidad cívica. Porque el verdadero progreso no es acumular datos, sino construir confianza. Y sin privacidad, la confianza simplemente no existe.
Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.
